Águila Roja, ninja power en el siglo de Oro

Siglo XVII. España. La corte y villa. Águila Roja (en realidad un sencillo maestro de escuela llamado Gonzalo de Montalvo) es un justiciero cuya anónima identidad se fragua en el viaje que realiza a Oriente tras la muerte de su esposa y madre de su hijo Alonso. Allí aprende el arte de la lucha y el manejo de la espada. Retorna a España para encontrar a los responsables del crimen y vengarse. Tan sólo su fiel servidor Sátur y el monje Agustín conocen su doble personalidad.

En sus pesquisas (parte del argumento de la primera temporada), Gonzalo y Sátur descubren una conspiración contra el Rey de la corona de los Austrias por parte de una sociedad secreta integrada por el Comisario Hernán y la marquesa Lucrecia de Santillana. En la segunda tanda de episodios, Gonzalo empieza a investigar sus orígenes familiares, que le emparentan con el mismo comisario. En la tercera, y hasta ahora última entrega, el superhéroe Águila Roja continúa con sus investigaciones para descubrir qué pasó con su madre y quién era realmente su padre.

Ésta es la sinopsis de una serie que conjuga varios elementos clásicos -como aventuras, romance y acción- integradas en un armazón de culebrón. Aunque se publicita como un producto familiar, muchos de sus elementos dramáticos configuran unos conflictos poco afortunados como engaños, violaciones, deseos de venganza, amores prohibidos, abusos de poder, intrigas palaciegas, eclesiásticos corruptos y relaciones familiares atravesadas por casi todo menos por la normalidad y el amor.

Fenómeno de audiencias

Su estreno el 19 de febrero de 2009, en una TVE ya sin anuncios, le dio 5.013.000 de espectadores y un espectacular 26,40 por ciento de cuota de pantalla, el mejor estreno en ficción televisiva. Estas cifras no han ido sino en aumento a lo largo de las tres cortas, pero intensas, temporadas que lleva en antena en tan sólo un año y medio.

El pasado 4 de noviembre se despidió con 6.434.000 seguidores de media y un 30,3 por ciento de share. Un dato espléndido en los tiempos que corren de fragmentación y disolución de audiencias. Hay que tener en cuenta que ahora un 16 por ciento es ya una cuota rentable para las cadenas consolidadas.

Sin desdeñar otros targets, Águila Roja triunfa entre el caramelo comercial: de los 25 a los 44 años y entre la denominada clase media. No es extraño que, emitida en la pública sin anuncios (y sin posibilidad de emplazamiento de producto en el siglo XVII), sea también un auténtico caramelo para las privadas. Esto, unido al elevado coste de producción, ha hecho tambalear, hasta hace poco, su continuidad en la cadena de “todos”.

Aprovechando este importante tirón social, los premios no se han querido quedar atrás. Ha sucedido lo que pasa con cierta frecuencia en muchos certámenes: en lugar de destacar la calidad, aunque a ésta no le sigan las masas, los galardones se publicitan premiando títulos de marcada popularidad. Un Ondas a la Mejor Serie, Medalla de Plata del Festival de TV de Nueva York; cinco premios de la Academia de Televisión (Mejor Ficción, Productor, Dirección de Fotografía, Dirección de Arte y Maquillaje); el TP de Oro 2009 a la Mejor Serie y el premio Pasión de Críticos del Festival de TV de Vitoria a la Mejor Serie Dramática. Todos ellos coronan el triunfo de este festival de anacronismos y despropósitos históricos y de sentido común.

¿Hay clave para el fenómeno de los 6 millones?

Descifrar algo tan complejo, orgánico y vivo como el porqué de un éxito de audiencia es tarea casi imposible. Sin embargo, en Águila Roja hay elementos tan visibles de su preparado anzuelo comercial que el reto no se presenta tan inalcanzable.

Una de las posibles claves está en los precedentes. El éxito de la nostalgia televisiva ha quedado más que demostrado por la longevidad de series como Cuéntame cómo pasó, Amar en tiempos revueltos o La Señora. Y el largometraje Alatriste, así como el proyecto de la ya estrenada Lope, han justificado el interés por el olvidado Siglo de Oro español. Tan sólo hacía falta abrir la coctelera e introducir algún ingrediente más.

Spider-man, X-men, Superman, Hulk, Batman son referentes de la cultura pop e iconos vigentes en el cine comercial actual. La doble identidad y el juego que con ella se establece entre sus obligaciones sociales y las personales, así como su influencia en el curso de la historia son el toque de alcohol, imprescindible en un buen combinado.

En un mundo global, el viaje del héroe, trabajado por el mitólogo Joseph Campbell y recientemente por el escritor Christopher Vogler, es un esquema de obligada escala para muchos guionistas. Gonzalo de Montalvo (alias Águila Roja), que cuenta con traje de capa, arma personalizada y hasta némesis, no se va a quedar sin su carrera de fondo mitológica (búsqueda de padres y orígenes incluida), hasta donde le permitan los estrechos y prolongados vericuetos de sus creadores en los pasillos de TVE. Lo cierto es que muchos de los superhéroes nacieron de la ficción seriada del cómic, así que su vida televisiva no es algo tan artificial. Todo dependerá del grado de coraje dramático y de los escrúpulos de sus guionistas para malear narrativamente a su protagonista.

Pero unos decorados de cartón y un arquetipo de aguerrido paladín no son suficientes para presentarse en pantalla. La mezcla habrá que adecentarla con algo que parece accesorio, pero que constituye la clave de esa bebida: el color, el adorno y el escarchado. O sea, el envoltorio. Y la afirmación siguiente quizá cause sorpresa pero es que el celofán de Águila Roja es algo que, a primera vista, encajaría más como ingrediente: las estrategias de culebrón. Como con cualquier bebida, hay que probarla para analizarla. Tras ingerir ciertas dosis de siglo de Oro catódico (con un prólogo-resumen de capítulo es más que suficiente), se evidencia que Angela Channing sigue viva en nuevas biblias televisivas y que los patrones de las historias de J.R. están detrás de esos supuestos muros del 1600.

Personajes planos, diálogos excesivos y redundantes en la evidencia, amores ocultos y puros, otros cargados de sensualidad y algunos toques de violencia sexual se combinan para agitar a la audiencia con escenas de acción –capa y espada clásica “casada” con ninja power revolution (Dumas, nadie te quiere)-, desnudos “casuales”, conflictos de poder y familia, hijos secretos, hermanos unidos en incesto desconocido, reyes coronados de corrupción y lascivia y eclesiásticos bañados en unos, entonces inexistentes, aires de Ken Follet y Dan Brown, completan el cartel de un culebrón, que se viste de elegante ropaje de época.

Vocación de realidad con invocación de parodia

Dos kilómetros de interiores, la Cartuja de Talamanca del Jarama (en Madrid) y alrededores, el Palacio del Galiana (obra mudéjar levantada sobre un edificio musulmán del siglo XI, en Toledo), el castillo de Batres en Madrid, el monasterio de Uclés en Cuenca, las cuevas horadadas en el subsuelo de la localidad madrileña de Chinchón, el pantano de San Juan o el Antiguo Hospital Tavera en Toledo son el terreno que levanta la ilusión de realidad de la serie.

A esta ilusión de verosimilitud histórica (ilusión también en el sentido ambivalente del término), se le suma el esfuerzo en vestuario, atrezzo y peluquería. Lástima que ese esfuerzo muchas veces pierda autenticidad por un deseo de compaginar la historia con las tendencias actuales en melenas largas y moldeadas o tejidos modernos pero inexistentes en la época, como la ya emblemática cazadora de piel del comisario Hernán. Por no hablar de la pionera escuela que integra a plebeyos y nobles en un entorno que nos hace dudar si estamos o no ante una reposición de Querido Maestro.

Con un presupuesto de 800.000 euros por capítulo, la cosa no está para tomarse a broma los resultados. Sin embargo, parece que los guiones sí que tienen margen suficiente para incorporar algunos elementos literarios de la picaresca cómica española de la época. Una incorporación que lleva incluida una buena sesión de tuneado contemporáneo. Sátur, el compañero fiel de las fatigas del héroe, es la imagen, con tintes Serranescos (la sombra del bar de Resines es alargada), del Sancho Panza realista y pegado al suelo de Cervantes. Tonto-listo, emoción-inteligencia, superstición-razón deambulan entre los personajes de Sátur y su amo Gonzalo. El rol de Sátur es, en definitiva, el de contrastar con las carcterísticas del justiciero, como lo hacen, en otros sentidos y figuraciones, algunos confidentes y ayudantes de los superhéroes: el elegante Alfred de Batman o C3PO de Luke Skywalker.

Es difícil sucumbir al estereotipo, y los padres de los serranitos (periodistas, médicos de familia, pacos, internados y aídas) no ha superado la tentación. La servidumbre es “fea” y poco avispada, fuente de equívocos divertidos y blanco de caídas. Tan sólo se precisa la excepción en formato Cenicienta: una Margarita, con más aspecto de modelo de cuadro de Goya o de anuncio de Pantene que de mujer del siglo XVII. En este capítulo habría que entonar un rèquiem por la ausencia de personajes femeninos de cierta valía: o caen en el estereotipo de lagartas malvadas y arbitrarias o son mujeres débiles, en apuros y que hay que rescatar continuamente, como la citada Margarita, el eterno interés romántico de Gonzalo. Por el contrario, los poderosos, para bien y para mal en el uso de su potestad, son esbeltos, astutos y triunfadores.

Por todo esto, es bastante divertido leer cómo los propios productores tildan la época gloriosa de las letras con adjetivos, que como otros avispados en historia de wikipedia, también aplican a la verdaderamente desconocida Edad Media. Écija y compañía califican a Gonzalo de “Hombre de modernos ideales a pesar del oscurantismo de la época que le ha tocado vivir, Gonzalo de Montalvo es un personaje atrapado en su triple condición de hombre, padre y héroe. Así, sufrirá por la muerte de su esposa mientras dos mujeres luchan por su amor, intentará ganarse la confianza y el aprecio de su único hijo y sufrirá la implacable persecución del comisario en su condición de Águila Roja”.

Sin poder comentar con justificia, en este limitado espacio, lo que implica el uso del término “oscurantismo” en dicho contexto, es mejor dejar a los orfebres de Águila Roja acomodados en su sofá de Ken Follet de serie C y continuar repasando su carrera de joyas escondidas. Pues también se atreven como lo mistérico, en un alarde de esa ignorancia atrevida, e involuntariamente cómica, que transforma épocas respetables, simplemente por estar lejos en el tiempo, en zonas de conjuros y de sectas fantasmagóricas, de las que cualquier discípulo de Roger Corman estaría orgulloso.

Por último, por cerrar un capítulo, el de anacronismos y tópicos, que dejaría a los alumnos de historia y filología sin folios que rellenar en su facultad, está el tema del lenguaje. Algo tan propio y brillante de la época que se dice retratar, la lengua, es vapuleada sin compasión. Las frases desplazadas corren como el vino en los Sanfermines, así como las bromas fáciles con referentes del momento. “Mi padre me vendió a un ciego en Tormes y no te cuento la que se lió”; “Se me está haciendo muy largo este siglo…”; “La he liado parda”; “Voy a tener que hacer horas extra” o “Voy a pedir un aumento”; “Te va a caer la del pulpo” refuerzan la idea de la parodia involuntaria.

Casi todo el mundo estará de acuerdo en que el costumbrismo de época tiene que respetar mínimamente dicha época. Por eso, jugar con dos bazas a la vez –expresiones del momento para dar sensación de veracidad y fidelidad, y después colar unos cuantos coloquialismos del siglo XXI, e incluso combinar ambos en bromas de sitcom de corto alcance- es algo que no permite tomarse muy en serio el producto. El conjunto de clichés se perpetúa capítulo a capítulo y está tan incrustado que transforma Águila Roja en una pseudoparodia de ella misma.

En estos casos, la norma no escrita habla de decidir entre hacer de su serie una apuesta de serie A (fidelidad histórica, de registro, tono, estilo, lenguaje, maneras de pensar…) o B. La serie B es muy digna: cuenta con sus límites y los convierte en su fortaleza. Doctor Who, el Robin Hood también de la BBC o Buck Rogers no engañaban a nadie. No se disfrazaban de lo que no eran. Pero Gonzalo y sus compañeros sí.

El ninja a la caza de tendencias

Seguramente, el anacronismo y el vestido de modernidad (también en los políticamente correctos planteamientos sociales que verbalizan los personajes) son anzuelo para hacerse con un público mayoritario.

En un sentido paralelo corre otra estrategia de la serie, que es convertirse en una especie de laboratorio de tendencias, no porque las cree (como osan afirmar algunos actores de la serie) sino porque las adoptan para transformarlas en sus probetas particulares.

Vampiros de estética luminiscente (ya sabemos cómo vuelven a estar de moda estas criaturas) son vencidos por un aldeano español convertido en guerrero samurai (que lo oriental es un saco inmenso de modas multiaplicables no es algo del año pasado), cuyo traje es del mismo sastre que el del conocido y comprado videojuego Assassin’s Creed.

La retahíla continúa con otros elementos que inundan el mercado editorial y cinematográfico: pseudo-ficción histórica, esoterismo mezclado con religión y sociedades secretas (el Cardenal malo y trepa no podía faltar, y la religión no aparece con el importante, que no criminal, papel que tenía en el pueblo llano), erotismo destapado (hace calor en los platós) e incluso las operaciones de estética (lástima que Corporación no pueda anunciarse) hacen su aparición en semejante festival de referentes, junto a réplicas de personajes históricos como Rembrandt o un joven Murillo. Cualquier día se marcan un crossover con Los Tudor, serie de las de tipo A, que ha desatado parte de esta nueva moda de volver a los años dorados.

No estaría bien dejar fuera a los movimientos de cámara. Esos acelerados travellings y zooms, nacidos en el pesebre de C.S.I., convierten las posadas y calles renacentistas-barrocas en rincones llenos de misterios, huellas y extrañas señales que investigar.

El siglo de Oro en juguetes y a lo grande

La productora Globomedia, la cadena TVE y la compañía Play Television siguen buscando un rendimiento adicional a tamaño presupuesto. Águila Roja Juego de Tablero, Águila Roja Junior y el puzzle de Águila Roja son tres ofertas del mercado para seguir de la mano con Gonzalo y compañía. No hay que olvidar que el juego online de la serie ya cuenta con 370.000 usuarios registrados.

Y por si la Navidad no es del todo rentable en lo que a ventas de estos productos de refiere, los pequeños, llegado febrero, podrán disfrazarse del justiciero español.

Si además a uno le gusta ver la ficción en pantalla grande, siempre puede esperarse a abril de 2011 y ver a Sátur y a su amo salvando el Reino de España de un complot internacional, como Jack Bauer en sus mejores tiempos. El argumento, aislado de la trama general de la serie (así si no es seguidor siempre podrá verla y después engancharse a la tele) se ha rodado entre Madrid (El Escorial) y Segovia.

Por si alguien no se anima, hay que decir que se trata de la segunda serie autóctona con continuidad en el cine. La primera fue No te fallaré de la “inolvidable” Compañeros. Seguro que con esto se han apuntado definitivamente a su estreno ¿verdad?

Firma: Lourdes Domingo