Educar en las multipantallas (Parte 2)

Con frecuencia, la televisión se vuelve la niñera de los pequeños, dócil instrumento que entretiene mientras los padres se dedican a otros asuntos. Ya no juegan, ni hablan con los chicos; la caja mágica se encarga de ello y les suplanta durante buena parte de la jornada. La convivencia de los niños con los dispositivos digitales es intensa: los tienen a su alcance y les permiten asomarse a mundos lejanos y desconocidos.

Se trata de un público difícil, porque ve la televisión de forma compulsiva, reclama formatos transgresores y se interesa más por internet y los videojuegos. En la actualidad, existe una oferta muy reducida para los jóvenes entre 10 y 12 años, por lo que muchos se decantan por los programas para mayores. Como afirma un ex directivo de programación infantil de TVE, Manuel Cereijo, “no se presta suficiente atención a los niños porque apenas cuentan en la cuenta de resultados”. Los datos lo demuestran. En lo que va de año, sólo la serie “Los Simpson” (que no es precisamente infantil), aparece entre los 20 programas más vistos por los espectadores de 6 a 12 años. Deportes, concursos y series del prime time son sus favoritos. Para atraer a ese público, lo único que han hecho las cadenas españolas es incorporar a niños en las series, despreciando la opción de crear programación para jóvenes. Sólo “Los Lunnis” están pensados para los más pequeños, aunque para edades muy específicas.

El hecho de que se deje acceder indiscriminadamente a los niños a cualquier tipo de programas, provoca que la diferencia entre ellos y los adultos se borre gradualmente. La división entre infancia y adultez desaparece conforme la televisión se encarga de comenzar a abrir secretos, y permite que los niños accedan a información que antes se reservaba sólo para adultos; la televisión hace público lo que era privado. El filósofo José Antonio Marina lo ha denunciado con contundencia: “Estamos presionando a nuestros niños y niñas para vivir en un mundo adulto, especialmente en lo relativo a la sexualidad”.
Los programas utilizan estrategias comerciales para atraer a los más jóvenes. El gancho consiste en introducir personajes infantiles en las series para adultos con la finalidad de atraer la atención de los niños. Otras buscan asociar ciertos productos a “niños  anuncio”. En palabras de José Javier Esparza, crítico televisivo, “la victoria de la llamada sociedad de consumo ha sido absoluta gracias a la TV. Ha conseguido que vivamos en ella y de ella plácidamente. El consumo no es tan solo el objetivo final de toda actividad económica. Va más allá. Es el criterio de la desigualdad entre los hombres. La medida de la felicidad. El estilo de vida. La religión de todos. El consumo, no el hombre, es la medida de todas las cosas”. En esta misma línea, el “fenómeno fan” pretende crear ídolos y fomentar el seguimiento de cantantes o actrices.

Mantener entretenido a un niño a lo largo de un programa resulta cada vez más complicado. Conscientes de ello, las productoras desarrollan formatos con mini-clímax y cebos que anuncian el “no te vayas, todavía hay más”. El lenguaje audiovisual se vuelve cada vez más fragmentado: los planos cambian a ritmo vertiginoso, con duraciones que oscilan entre uno y medio segundo. Continuamente entran personajes en el encuadre y sus diálogos no dan respiro. Se trata de una combinación de multitarea y atracción continua, donde no es posible distraerse porque en cada instante está sucediendo algo: acción, palabras, música, sonido ambiente… Este consumo puede afectar al modo en que los jóvenes asimilan la información y su capacidad de aprendizaje.

Aprendizaje audiovisual

Según José Ignacio Aguaded, experto en Comunicación Audiovisual de la Universidad de Huelva, el medio afecta a las áreas emocionales, cognoscitivas y conductuales, es decir, influye en los intereses y motivaciones. Los menores toman la televisión y lo que en ella se presenta como una fuente de imitación más y funcionan con esas imágenes y estereotipos. ¿Cuántas veces ha visto a su hijo imitar a su serie de dibujos favorita o repetir una frase que ha escuchado en boca de sus personajes preferidos? Teniendo en cuenta que en la televisión además de contenidos adecuados existen otros menos recomendables, los menores pueden asimilar ciertos comportamientos como algo normal o aceptable, sobre todo si sus protagonistas son personajes admirados. Por otro lado, la información que los menores reciben a través de la pantalla suelen considerarla como creencia y no suele ser objeto de crítica por su parte. Dicha representación de la realidad es viva y fuerte, emocionalmente dramática, y con frecuencia se acaba asimilando como una experiencia vivida.

La televisión organiza el tiempo de muchos jóvenes: les acompaña, marca el ritmo del día y genera fidelidad a determinados programas. Centra los temas de sus conversaciones y construye la realidad mediática: si un evento no sale en la “tele”, no existe. Además, los programas proponen modelos de vida y provocan que los más jóvenes imiten las conductas que ven, mediante el llamado aprendizaje vicario. Este concepto alude a las sensaciones que, en este caso los jóvenes viven a través de las experiencias ajenas, encarnadas en otras personas. Por ejemplo, sentir el dolor y el deseo de venganza cuando al delantero favorito le dan una patada o la alegría cuando dos actores que a uno le agradan se enamoran. Se trata de una forma poderosa de comunicación, ya que no apela a la racionalidad, sino a la emoción, vivida en primera persona.

Al empezar un programa, el espectador se plantea un horizonte de expectativas sobre lo que va a suceder, y busca inconscientemente con qué personaje(s) identificarse: se genera un proceso de empatía, denominado “transferencia de imagen o de personalidad”. En este proceso, el espectador se pone en lugar del personaje, asume sus ideales y empatiza con sus emociones. Cuando se da la identificación —más frecuente en los adolescentes— el espectador tiende a reducir las diferencias de actitud y de convicción porque desea parecerse lo más posible al protagonista. Si el personaje siente rechazo a lo que le dicen sus padres, él lo sentirá también; y si miente para conquistar a una chica, el espectador lo aprobará también, aunque sus convicciones vayan por un camino totalmente distinto. El deseo de identificación suscitado por la trama se logra minimizando toda posible disonancia, de ahí la implícita aceptación emocional de los planteamientos del protagonista, aunque sean opuestos a sus convicciones.

El impacto de esa identificación, de la “experiencia vicaria”, puede ser fugaz y apenas revestir importancia o, por el contrario, puede fijarse en el espectador y afianzarse en su mente, influyendo decisivamente en la valoración de las conductas y actitudes que ha vivido de forma vicaria en la pantalla. En todo caso, cuando se trata de impactos fuertes y se suman al de otros programas en la misma dirección, el resultado puede transformar planteamientos iniciales radicalmente distintos. Y ello contribuye a cuestionar valores muy arraigados, anulando el ejemplo de la familia o minando la formación recibida durante años.

Consumo responsable
La televisión indudablemente posee numerosos atributos positivos. Gracias a ella los niños aprenden cómo es el mundo fuera de su casa, su barrio o su ciudad y se abren a la naturaleza. La pantalla les permite viajar a los océanos, a la selva o a otros lugares inaccesibles que les entretienen y les enseñan. El medio audiovisual bien empleado es capaz de reforzar hábitos y potenciar valores, como el respeto a los demás y al medio ambiente, las ventajas de una dieta sana, la utilidad del ejercicio físico y muchos más. Entre sus efectos beneficiosos destacan la capacidad para enseñar y adquirir conocimientos, reforzar actitudes y ampliar el lenguaje. Por ello, es recomendable elegir programas adecuados a cada edad.

La educación sobre el consumo televisivo se basa en la dedicación, en la paciencia y en crear hábitos entre los más jóvenes. A continuación señalamos algunas recomendaciones:
– No ponga una televisión en la habitación del menor, de lo contrario fomentará su aislamiento y dejará en sus manos la decisión sobre lo que puede ver y a qué horas. Se expone a que no duerma lo suficiente o a que vea programas para adultos.  Es preferible situarla en un espacio común que sirva como punto de encuentro para la familia y así comentar temas de actualidad, conocer sus gustos y fomentar el espíritu crítico.
– Elabore un menú televisivo semanal. Acuerde con los hijos los programas que van a ver. Establezca normas de uso, tanto en contenidos como en cantidad. Puede colocarse en un lugar visible un horario para señalar los programas que se verán durante la semana. Enseñe a cambiar de canal y a apagar la televisión cuando sea necesario.
– Procure conectar con los intereses televisivos de los hijos. En caso de que el niño quiera ver determinados programas, conviene verlos con ellos para conocer los contenidos. Interésese por los programas que más les gustan y vea si los valores y actitudes que reflejan son adecuados para su edad y están en consonancia con los valores que desea transmitirles. Utilice el contenido de los programas para propiciar el diálogo.
– Intente desmitificar el medio, explicando cómo están producidos los programas, cuáles son sus trucos y secretos. Es necesario enseñar a cuestionar la pequeña pantalla desde la realidad, aprendiendo a confrontar las imágenes televisivas con lo que sucede en el mundo, para superar reduccionismos y estereotipos.

La selección de programas para ver en familia se convierte en un componente básico, no sólo para disfrutar del tiempo libre, sino también para facilitar el crecimiento personal. Conviene pensar en cómo utilizar el contenido televisivo de forma positiva, para la integración familiar, para el disfrute en compañía de los seres queridos, como un “pretexto” que permita el intercambio de opiniones, ideas e ilusiones, lo que a menudo resulta difícil, por los ajetreos del trabajo o las múltiples ocupaciones.

Firma: José Alberto García Avilés. (Profesor Titular de Periodismo. Universidad Miguel Hernández de Elche.)