El cine de catástrofes, espejo de fantasmas reales

A veces las llamamos “apocalípticas”, otras “de catástrofes”, pero siempre nos referimos a ese tipo de historias en las que una fuerza mayor pone el mundo, o gran parte de él, patas arriba.

Cataclismos, seres de otros planetas, enfermedades contagiosas o accidentes de diverso tipo, incluso amenazas terroristas de gran magnitud, son los conflictos que superan a los protagonistas de esas películas.

El terror que provocan en el espectador no es casi nunca irracional pues, a excepción de los extraterrestres, los demás son antagonistas posibles. Quizá por eso ejercen un extraño atractivo entre el público ávido de nuevas y modernas visiones del fin del mundo.

Tras la crisis del sistema de géneros cinematográficos en Hollywood (década de los 60), los productores buscaron caminos inéditos para seguir reventando la taquilla. La guerra fría y la división del planeta en dos bloques inspiró un cine de tipo político, y otro entre bélico y de espionaje con tintes paranoicos. No obstante, los espectadores de grandes salas recibieron unas dosis generosas de pánico que aliviara, al modo catártico, los terrores reales de una sociedad en tensión.

Aeropuerto de George Seaton (1970), con Burt Lancaster y Dean Martin, se ha convertido en un film canónico del pistoletazo de salida. Tuvo secuelas en la gran pantalla y secuelas en el espectador, pues gracias a él se diagnosticó su sed visual de imágenes de destrucción y rostros de pavor. También a él hay que agradecerle, si se puede decir así, las primeras spoof movies. Aterriza como puedas (1980) explotó los clichés del género con un filón que llega hasta nuestros días.

Paul Newman, y un elenco de actores de peso y carrera, dejaron su huella en un rascacielos en 1974, El coloso en llamas, mucho antes de que lo hiciera Bruce Willis en La jungla de cristal (1988). Otro galán contemporáneo, Charlton Heston, se tuvo que enfrentar el mismo año a un Terremoto en la mismísima ciudad de Los Ángeles. Y para finalizar ejemplos paradigmáticos del momento, habrá que hacerse a la mar y ver si Gene Hackman se hundió o no en La aventura del Poseidón (1972), cuyo remake se reflotó en 2006, en un alarde de superproducción con ganas de ser otro Titanic (1997).

Los 80 supusieron un cierto armisticio, para recargar baterías en los 90. Aracnofobia (1990) con Jeff Daniels y Llamaradas (1991) de Ron Howard presagiaban que la década prometía escenarios del estilo. Se acercaba el fin de siglo y milenio. Poco antes de apocalipsis más verosímiles, Estallido (1995), y otros más fallidos Waterworld (1995), Frank Marshall (director de Aracnofobia y Congo) se atrevió a llevar a la pantalla un hecho real. En ¡Viven! (1993) se relata el terrible accidente de avión, en el que viajaba un equipo de rugby uruguayo.

La presión milenarista continuaba y parecía rentable. Fin de milenio, fin del mundo. Muchas catástrofes. Por lo menos, así lo veían los blocksbusters. 1996, año para extraterrestres de risa no buscada, Independence day (ahí Roland Emmerich destapó su vena profética), y buscada con inteligencia Mars Attacks! (de un Tim Burton delirante pero acertado). También huracanes con Twister y horror urbano con Pánico en el túnel. En 1997, además de Titanic, mucha lava: Volcano y Un pueblo llamado Dante’s Peak. En 1998 y 1999, lluvia, Hard rain, y monstruos, Godzilla (en 2014 tendremos más), Deep blue sea y Mimic, una sugestiva propuesta de Guillermo del Toro con regusto a serie B. Sin embargo, el cosmos tenía que manifestarse y lo hizo con Deep impact y Armageddon.

Quizá para sorpresa de algunos, el mundo siguió latiendo en el 2000. Y con él, el cine a golpe de meteorología problemática –La tormenta perfecta (2000), El día de mañana (2004)-, pues el cambio climático ya era un tendencia en ámbitos político-ecológicos. Pero también se extendió la histeria frente a pandemias zombies o de otros planetas: 28 días después (2002), 28 semanas después (2007) del español Fresnadillo, la saga también autóctona Rec (2007), La guerra de los mundos (2005) de Spielberg (Encuentros en la tercera fase de 1977) o la última revisión de la novela de Jack Finney en Invasión (2007). La historia de seres no terrestres que invaden la mente humana se remonta a La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), luego apareció La invasión de los ultracuerpos (1978), y después Abel Ferrara dio su peculiar versión con Secuestradores de cuerpos (1993).

Más virus o mutaciones genéticas protagonizan Hijos de los hombres (2006), Soy leyenda (2007) o la realista Contagio (2011) de Steven Soderbergh. Extraterrestres de pacotilla y juguete, Transformers, invaden las salas de verano desde 2007. Shyamalan intentó mezclar misterio, apocalipsis y ecología con El incidente (2008), uno de sus títulos más incomprendido. J.J. Abrams, productor, jugó al escondite y homenaje a la serie B de los 50 con Monstruoso (2008).

Meteoritos españoles, 3 días (2008), un Roland Emmerich más engreído que nunca 2012 (2009) y El núcleo (2003) -retazo de Julio Verne mezclado con delirios atómicos- son otros tres ejemplos de la variedad que ha tenido esta primera década de tercer milenio.

Hemos dejado atrás, sin citar, muchos títulos y subgéneros, como la obsesión por los desastres nucleares en los 70 y no poca ciencia-ficción (Alien y familia). Sin embargo, hay tres producciones que apelan a la realidad, como la reciente Lo imposible de Bayona. Su predecesora en relatar el devastador tsunami de 2004 en la costa del Índico, Tsunami: el día después (2006), y los relatos herederos del 11 de septiembre neoyorquino. Aquí se destacan dos títulos también de 2006: World Trade Center, del Oliver Stone menos político, y United 93 del eficaz Paul Greengrass.

La cercanía de los hechos (2001 y 2004) con los relatos de ficción nos recuerdan esa inherente necesidad del ser humano de tener historias que nos acompañen y ayuden en el aprendizaje vital, aunque sean historias de historias que nosotros hemos vivido o sido testigo. Quizá por eso aún las necesitamos más.

Firma: Lourdes Domingo