Hannah Montana

Miley Stewart es una adolescente norteamericana. Cuando se traslada de Tennesee a Malibú, debe aprender las nuevas costumbres y habituarse a su nuevo estilo de vida, lo que no es tarea fácil. Pero Miley tiene un secreto que sólo comparte con su padre, su hermano mayor y sus dos mejores amigos. Miley Stewart es, además, Hannah Montana, una importantísima cantante pop, que vende millones de discos. Miley/Hannah deberá aprender a compaginar ambas vidas paralelas, con sus respectivos problemas y satisfacciones.

La doble identidad sigue triunfando
La serie, creada por Poryes, un midas de la televisión juvenil (Raven y la próxima Max guy with problems), nació con buena estrella en varios sentidos. Cinco millones de espectadores avalaron su estreno el 24 de marzo de 2006, de la mano, precisamente, de una protagonista convertida en exitosa cantante de rock en la ficción.
Afortunadamente para el equipo del producto Disney, el éxito de Miley Stewart/Hannah Montana en la serie pasó al mundo real, donde Miley Cyrus, en tan sólo un año, se convirtió en la actriz juvenil mejor pagada de todo el mundo. En 2007 se llevó a casa más de 18 millones de dólares.
A lo largo de estos 4 años de triunfos imparables, la artista ha ganado numerosos premios y reconocimientos, sobre todo en los certámenes Kid’s Choice Awards (votados por los propios niños y adolescentes), Teen Choice Award y People Choice Award. Incluso los MTV Movie Award la galardonaron por la canción The climb de su primera película como protagonista. El triunfo, tan a la medida del sueño americano, se mide también por la cantidad de merchandising que genera: ropa, joyas y accesorios de todo tipo, muñecas, alfombras, videojuegos y hasta edredones de cama nos recuerdan que el malva es el color de mercado de la eterna adolescente.
A modo de Clark Kent-Superman o Peter Parker-Spider-man, Miley Stewart-Hanna Montana sobrevive a la fatiga de ocultar su doble identidad. Esta vez no para salvar el mundo, sino para mantener su vanidad bajo control. Del heroísmo social se ha pasado a uno más individual, pero también quizá más cercano. Si sus amigos del instituto y la gente de la calle no la identifica como Hannah en su vida diaria, Miley podrá crecer como una niña normal y corriente como las demás. Ésta es, versionada con música, letras y sermones, la moraleja final de muchos de sus capítulos, en los que queda claro siempre que la fama, el afán de figurar o ser el centro de atención, y las ganas de reírse no son excusa para menospreciar a los demás.

El mundo es adolescente y es comercial
En este sentido, la caracterización del personaje de Miley hace hincapié en las debilidades propias de los 14 años: la inseguridad en la integración con las personas de su edad, la autoestima, el tira y afloja de autoridad en la propia familia y los titubeos ante un chico que le gusta se muestran en pantalla, como frecuentes humillaciones por parte de alguna competitiva “amiga”.
Este rol de la guapa-simpática-sencilla ya ha tenido sus antecesoras en el trono, como Lizzy McGuire, alias Hilary Duff, o Amanda Bynes. Ambas fueron estrellas fugaces, durante unos 3 ó 4 años, en la recién estrenada televisión del siglo XXI. Poco después, probaron suerte en el cine y en un tipo de ficción para la pequeña pantalla, que ya no estandarte de esa fabricada inocencia Disney: Duff estuvo en la última temporada de Gossip girl y Bynes puso la voz en un episodio de Padre de familia.
De momento, Hannah se mantiene en los parámetros del decálogo marca blanca de la casa Mickey: la familia como núcleo central del aprendizaje vital, un pequeño grupo de amigos en los que apoyarse y a los que apoyar, conflictos muy comedidos en la gravedad y/o crudeza, iniciación en la interacción chica-chico pero ausencia de contenidos sexuales o hiperhormonados, humor mezcla de slapstick inocente (o comicidad visual), ironía y gestualidad exagerada con algún escarceo escatológico, y una moraleja final acompañada de un último sketch chistoso.
No cabe duda que, en la actualidad, el preadolescente (adolescente en ciernes) se ha convertido en un valor de doble filo. Por un lado, en un valor comercial por su alto poder adquisitivo vicario, a través de padres, abuelos, tíos y demás. Y por otro, en un preciado valor publicitario. El adolescente es un comunicador veloz. Da rienda suelta a sus emociones, que necesita compartir con los demás. Por eso, es también un gran propagador y no mejor líder de opinión. Además, utiliza los medios más baratos, efices y rápidos: el boca a boca y las nuevas tecnologías (móvil y redes sociales).
Sin embargo, el éxito de los productos para adolescentes –que triunfan también en los que están a las puertas y en las antepuertas de la pubertad (Hannah es la reina de las niñas de entre 7 a 15 años)- no sólo se debe a los más jóvenes. En un mundo como el occidental y el asiático desarrollado, algunos de los rasgos de la adolescencia se han convertido en moneda de cambio. Los gustos se han homologado debido a la perenne inmadurez de muchos adultos, inmersos en un mundo donde el éxito social, la esclavitud de la moda y el cuerpo triunfador ahogan las pretensiones de la inteligencia o los valores humanos. En muchos aspectos, los Jonas, Miley o Sunny son más maduros y menos ridículos que los protagonistas de Gossip girl, Sexo en Nueva York o Anatomía de Grey.


A través del espejo: ficción y realidad

Sin entrar en ese terreno, que formaría parte de otro artículo y debate, lo que sí es cierto es que Hannah ha conseguido cautivar y unir a espectadoras de todo el mundo. América, Europa, Asia, África y Oceanía bailan al son de The best of both worlds. Esto, sin duda, produce un efecto interesante –fruto de la manida y, al mismo tiempo, confusa globalización- que es la constitución de un referente cultural muy concreto en un mundo muy diverso.
De ahí el atractivo que tiene desgranar lo que abanderan e implican las historias de esta joven de la América profunda. Además de todo lo esgrimido hasta el momento, la dinámica entre ficción y realidad que pone en marcha la serie abarca un curioso juego de espejo y reflejo.
La serie está protagonizada por Miley Cyrus y Billy Ray Cyrus, su padre en la vida real y conocido actor y cantante country. Ambos también son padre e hija en la ficción, donde también asumen los roles de mentor y aprendiz en el mundo de la música y la interpretación; papeles que son un reflejo de la relación profesional, además de familiar, que les une fuera de la ficción.
Estos paralelismos afianzan la conexión emocional con el público y potencian la verosimilitud, hasta unos límites en los que se difumina la frontera entre lo verdadero y lo ficcionado para dar una ilusión de realidad más auténtica. Hannah y sus amigos de reparto atraviesan el espejo de Alicia que separa los dos mundos con una facilidad asombrosa, en un movimiento que se ha convertido en costumbre dentro del canal Disney. Los Jonas Brothers en su serie del mismo nombre o los gemelos Zack y Cody en Todos a bordo, incluso el romance de los protagonistas de High school musical alargado fuera de la ficción, nos recuerdan que los “muñecos” de la tele quieren hacerse cercanos e imprescindibles, al mismo tiempo que ponen el caramelo del triunfo en la boca de los más jóvenes. Pasar de la realidad a la ficción nunca había parecido tan fácil.
La estrategia, además, permite convertir a la serie en una gran plataforma publicitaria de los discos y las giras correspondientes; lo que nos lleva a un tema no menos importante y omnipresente.
El arte y la fama
Es evidente que la música y el baile están de moda. La numerosa audiencia de realities como Fama a bailar en nuestro país –y con otros nombres más allá de nuestras fronteras-, la larga vida en cartel de musicales teatrales, el resurgir del género en el cine y la eclosión del mismo en televisión, con sus giras de conciertos paralelas, que llegan al paroxismo en casos como el de Patito feo (http://www.taconline.net/ver_analisi_tv.asp?id_articulo=188), evidencian su buena salud.
Hannah Montana no nació como algo ajeno a esta tendencia y, puede decirse que ha sido una gran alentadora de la misma. Hannah tiene discos, realiza giras mundiales, es protagonista de videojuegos y karaokes y de dos películas para la gran pantalla (un documental de sus conciertos y una ficción continuadora de su argumento televisivo)
En este sentido, y sin demonizar a Cyrus, sí que es preciso, al menos en el ámbito educativo y familiar, saber poner las cosas en su sitio para no crear una cultura en la que se valore a las personas, exclusivamente, por sus habilidades artísticas y su éxito social o mediático. Aunque el padre de Miley Stewart, en la ficción, la está educando como a su hermano, la serie no deja de expandir su halo de veneración por la vida del artista, aunque sea escondida. Miley sigue siengo la protagonista de todas las tramas. Todo se centra en ella y su círculo más cercano de amigos. Es interesante anotar que en la serie no se hacen referencias a problemas de un entorno social más amplio. Otros aspectos culturales o humanos son obviados.
No es que esto sea algo malo en sí, pero sí que es bueno saberlo para que el niño y adolescente no tengan como únicos referentes estos modelos que ejercen cierta fascinación por la fama y la búsqueda del aplauso de los demás
Esta línea de argumentación, la de que el joven no se convierta en un consumidor exclusivo de Hannah o del Disney Channel, sirve también para ser críticos con los estereotipos que propugna la serie. En muchas ocasiones los roles femeninos se reafirman en clichés como el de que chica tiene que vestirse para gustar al chico; para lo que se cae en bromas basadas en ridiculizar el fisico. Y, por otra parte, los roles masculinos se anclan en actitudes de vanidad sin cerebro, con bromas en la que el gusto por lo escatológico dice muy poco de ellos.
Esto y otras simplezas argumentales y en los diálogos, sumado a las risas enlatadas, rebaja el nivel de un producto que, en ocasiones, mantiene un listón humorístico y creativo bastante digno.
Hannah máquina de dinero con fecha de caducidad
La veloz carrera de Miley -durante este año y el que viene protagonizará dos largometrajes y algunos otros cameos- tiene fecha de caducidad como Hannah. En un acto de sabiduría (o por otros motivos que se desconocen), los productores cierran el grifo a las aventuras musicales de la joven. Este verano se estrena la cuarta y última temporada, para darle el cierra en la primavera del 2011.

Firma: Lourdes Domingo