Las paradojas televisivas

En una sociedad en la que la familia y la escuela han claudicado en gran parte de sus funciones, la televisión es el primer elemento socializador. La televisión nos domina y, ante ese dominio, la sociedad civil, permanece inerte en una confusa inconsciencia. Entre el placer, el juego, la impotencia y la resignación… el telespectador no se moviliza porque el hecho televisivo, innegablemente omnipresente…, no lo acaba de ver con claridad… No se acaba de ver claramente lo que nos pasamos el día mirando. En los recreos de las escuelas, en los bares del almuerzo matutino, en las tertulias, en la prensa, en los grupos de amigos… no se habla de otra cosa más que de lo que vemos en televisión y, sin embargo, no acabamos de ver su importancia.

¡Qué paradoja! Y es que la televisión, sobre todo en su relación con el telespectador, es una continua paradoja, una contradicción, un absurdo lógico aparente bajo el que se ocultan verdades que no siempre nos gustará descubrir. Sin embargo, si las asociaciones de telespectadores pretendemos conseguir usuarios libres en vez de consumidores pasivos, es imprescindible que, primero, nos y los enfrentemos con ellas para desvelar su secreto y permitir así el distanciamiento necesario que aclare nuestro sentido y descubra al consumidor sus posibilidades de actuación frente al medio.

1ª Paradoja: La televisión invisible. La primera paradoja, que se deduce de lo hasta ahora enunciado más arriba es que la televisión es invisible. Siendo el hecho visual más importante de nuestro siglo, resulta paradójicamente invisible cuando nos proponemos pensar en ella. Todo intento de reflexión sobre el medio se ve oscurecido por la claridad de la pantalla, por su omnipresencia, por su obviedad. Está siempre con nosotros de un modo silencioso, discreto y rutinario. Forma parte de nuestras vidas de manera tan cotidiana, tan próxima, tan doméstica, que se ha hecho imperceptible. Es como el aire que respiramos: está ahí, forma parte de nuestra vida, pero no nos damos cuenta de que está ahí. No está delante de nosotros, sino dentro de nosotros, la hemos interiorizado. Podríamos decir que el verla tanto no nos deja verla de verdad, no nos deja pensarla y que para hacerlo, la tendríamos que apagar más a menudo. Para ver televisión la tenemos que tener encendida, pero para ver la televisión lo primero que tenemos que hacer es apagarla. Y ahora que la tenemos apagada vayamos con una segunda paradoja, en este caso una paradoja estadística que es como la otra cara de la misma idea anterior.

2ª Paradoja: el medio más visto… que nadie ve. Tres horas y 30 minutos de media diaria; la mitad de nuestro tiempo de ocio; la principal actividad después del trabajo y del sueño; el 99,5% de los hogares con televisor; el 65 % con más de uno en casa; el 90,7% la ve todos los días. Sin embargo, a pesar de estas cifras todo el mundo afirma que o no la ve o la ve muy poco. ¿Qué ocurre?, ¿mienten los demás?, ¿mentimos todos? Yo no creo que sea así. La mayor parte de nosotros creemos realmente que no la vemos cuando respondemos a una encuesta, o nos sentimos sinceramente ajenos, cuando oímos las cifras que dan objetivamente los audímetros. Todos pensamos: «ése no soy yo», «ése no es mi caso», «yo sólo veo los informativos y los documentales de La 2 para dormir la siesta», «Yo realmente, un poco en la sobremesa, un poco, por la noche y algún partido de fútbol o una película de vez en cuando…», «mi hijo casi no ve la televisión», «¡Tres horas y media al día! ¡Qué barbaridad!».

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Hablamos de los programas –lo que vemos (Sálvame, Gran hermano, las noticias, los famosos, los presentadores…)–, pero no de la televisión. Porque la televisión, una vez más, no la vemos. Conocemos todos los productos que anuncia, las caras y las voces de sus personajes, los presentadores y presentadoras son como de la familia, pero… no vemos la televisión. La mayor parte de las cosas que pensamos y discutimos nos las cuenta una televisión que no vemos. Y es que no sentimos el acto de ver televisión como una actividad, una alternativa de ocio, sino como una costumbre inconscientemente enquistada en nuestra rutina doméstica y diaria. Pasamos, pues, tres horas y media al día de media, ante una televisión que no vemos… y en un tiempo que no tenemos.

3ª Paradoja: El mucho tiempo que no tenemos. Nunca como ahora, la Humanidad de los países desarrollados ha conseguido mediante la tecnología tal cantidad de tiempo libre. El ocio es el primer negocio. Las alternativas son infinitas, pero… no tenemos tiempo… No tenemos tiempo para leer, para ir a un concierto, para conversar con nuestra pareja, para colaborar con alguna ONG, para cambiar las cosas, para nuestros hijos, para divertirnos, para rezar… no tenemos tiempo para nada excepto… para la televisión. Sabemos que vamos de vez en cuando al teatro, al cine…; que solemos practicar este o aquel deporte; que también leemos de vez en cuando o todos los días; que salimos a cenar con los amigos una o dos veces al mes; que buscamos tiempo para nosotros mismos, para el silencio, la contemplación… porque cada vez que hacemos alguna de esas cosas tenemos que tomar la decisión de hacerlo. Nos cuesta esfuerzo o dinero. Nos exige desplazarnos, decidirnos. Estamos vivos.

Cuando vemos televisión, en cambio, hacemos algo que venimos haciendo desde siempre: ayer lo hice y probablemente lo haré mañana. El tiempo que dedicamos a ver televisión es casi siempre fijo y cedido voluntariamente por cada telespectador como una rutina, libremente.

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4ª Paradoja: La libertad de hacer todos lo mismo. ¿Hemos dicho libremente? En efecto, vemos la televisión libremente porque podemos apagar y no verla… pero no lo hacemos. ¿Libres 18 millones de personas que deciden hacer todos los días lo mismo a la misma hora?, ¿no es esto otra tremenda paradoja? Nos asomamos a la ventana a partir de las nueve de la noche y veremos brillar las pantallas en las fachadas de todas las casas como una luminaria; entramos en cualquier bar y allí está formando parte del escenario cotidiano. Entramos en cualquier casa a la hora del telediario y estará comiendo o cenando con nosotros. ¿Lucha por las audiencias? Las cadenas no tienen que luchar para que la gente no vaya al cine o lea o hable entre sí, en vez de ver la televisión, esa batalla la tienen ya ganada. Las cadenas luchan por llevarse un trozo de la tarta del tiempo que, de un modo diario, obligatoriamente libre –diríamos de nuevo paradójicamente– le dedicamos a la televisión.

5ª Paradoja: La satisfacción insatisfecha. Sí, vemos televisión. Aunque no lo sepamos, incluso sin querer. Pero, ¿nos gusta hacerlo?, ¿hemos oído últimamente comentarios elogiosos?, ¿se dice lo buena que es, se destaca la calidad de sus contenidos, la agudeza e inteligencia de sus concursos, el talento de sus realizadores, la imaginación de sus creadores…? De nuevo ese sin sentido aparente; de nuevo la paradoja: una audiencia fiel y paradójicamente insatisfecha. Pero da igual, como es gratis… ¿O no?

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6ª Paradoja: Una gratuidad muy cara. 31.500 euros cuesta de media poner un anuncio de un minuto en televisión; 40.741.000 euros de beneficios en la comercialización y publicidad de la última edición de OT; todas las cadenas generalistas han aumentado su cuota de pantalla dedicada a la publicidad4. Puede que mirar sea gratis, pero nuestra mirada vale mucho dinero. Podíamos decir que es una gratuidad muy cara o al menos es una gratuidad muy rentable. Y es que la televisión no vende programas, vende tiempo –nuestro tiempo– a los anunciantes que son los que verdaderamente mandan en TV. Por eso lo importante es que siempre haya gente –cuanta más gente mejor– trabajando, mirando, entregando su tiempo. ¿Gratis? Nada de eso: cuando vemos televisión estamos trabajando. Somos consumidores de televisión, pero el producto que consumimos no son programas sino los anuncios que los acompañan. Los programas son lo que nos hace pararnos a mirar, son sólo el envoltorio del verdadero producto de consumo: los anuncios. Trabajamos consumiendo anuncios, interiorizando marcas, nombres, logotipos aderezados con valores y almacenándolos en nuestro cerebro. Somos consumidores de televisión, consumidores de publicidad: somos consumidores consumidos.

7ª Paradoja: La fama por nada. Ceder nuestro tiempo, consumir anuncios, es nuestro trabajo principal –a veces agotador– pero tenemos otra ocupación más paradójica aún, si cabe: somos creadores de famosos. De nuevo nuestra mirada es una creadora de riqueza. Cualquier producto, cualquier persona, cualquier persona-producto que aparece en TV es mirado por millones de pares de ojos al mismo tiempo con lo que, automáticamente y sólo por eso, adquiere un valor nuevo: es famoso. Una persona desconocida para todos se convierte en alguien importante sólo porque lo miramos.

La televisión ofrece a los profesionales que trabajan en ella –y a los oportunistas, ingeniosos, fotogénicos, y/o vagos de cualquier especie– el lograr una medida de fama extraordinaria con muy poco esfuerzo. Sólo se trata de colocarse ante una cámara y mantenerse allí al precio que sea… ganar una fortuna sin tener que aportar apenas esfuerzo intelectual, físico o económico. Ellos encantados y nosotros también. Esto sí que es una paradoja descomunal. Se invierten los papeles y en los corazones, de todas las cadenas, los actores y los cantantes ofrecen análisis políticos y los políticos aprenden de los actores; las reinas se inclinan ante el cadáver de las princesas con el único mérito de haber sido más fotografiadas que ellas; los deportistas y los cantantes dan consejos morales y los sacerdotes actúan como reyes de la frivolidad; los periodistas se convierten en estrellas y son entrevistados, mientras los famosos escriben reportajes; las presentadoras firman libros escritos por otros y los escritores quieren presentar programas de televisión. Todos comercian con todo y todo gracias a la complicidad colaboración de nuestra mirada.

Frente a las personas, la fama crea una sociedad de personajes, de máscaras, que impregna progresivamente todo el tejido social en el que el ser ha sido sustituido como valor por el parecer. La fama se convierte en argumento intelectual propiciador del pensamiento débil al transformar a los personajes no ya en el soporte de una argumentación sino el argumento mismo: una idea no vale en función de su solidez intelectual, sino dependiendo del valor-fama de quién la sostenga. Un argumento no es bueno en función de su peso intelectual, sino de su repercusión pública. Así lo esencial permanece en silencio y lo banal ocupa todos los rincones de ese universo electrónico en el que se ha convertido nuestro propio universo. La fama es la medida de todas las cosas. Y lo peor de la fama es que ha provocado un cambio de perspectiva educativa: ya no hay ninguna realización personal que pueda ser reconocida si se ha hecho al margen de los medios: el ser alguien ya no tiene nada que ver con el esfuerzo o la voluntad de alcanzar un propósito.

Mis alumnos ya no entienden que el esfuerzo cotidiano, el trabajo y la entrega diarias son el camino del éxito: el éxito es una operación triunfo que en cuatro meses de apariciones televisivas te soluciona la vida. El profesor en clase, para ayudar a desarrollar alumnos críticos y libres, no sólo debe batallar contra la ignorancia, sino que debe competir con lo que han dicho o hecho Bisbal, Boris Izaguirre o Tamara. Así pues, trabajamos y mucho, aunque sin esforzarnos nada. Pero ¿a cambio de qué? De la facilidad, de un poco de evasión cotidiana, de unos cuantos ingredientes básicos que configuran el mundo de la televisión.

8ª Paradoja: La violencia débil. En primer lugar, la violencia. La televisión es violenta, pero en la tele hay muchas clases de violencia: la violencia explícita de ficción en forma de películas, series, dibujos… Es la violencia más vistosa, también la que a veces más preocupa. Sin embargo, no es la más importante desde el punto de vista educativo precisamente por su obviedad. Desde muy pequeños, los telespectadores aprenden a valorarla distinguiéndola de la real y es difícil que lleve directamente a la imitación salvo casos patológicos.

Sin embargo, sí es peligrosa y mucho su reiteración, su omnipresencia, su saturación porque educa la sensibilidad en una dirección ética equivocada ya que enseña que la resolución de los conflictos se establece no por el diálogo, el consenso, la renuncia, la generosidad y la paciencia, como en la vida, sino siempre a través del grito más agudo, de la solución más directa o más fácil, del puñetazo, del insulto o del disparo. Insensibiliza al simplificar sistemáticamente la complejidad y la riqueza de los conflictos reales y verdaderamente humanos.

Sustancial en la televisión es la violencia informativa: telediarios, documentales, impactos TV… La selección de sucesos dramáticos, agitados, espectaculares: incendios, accidentes, guerras, crímenes, huelgas, peleas, conflictos… Cualquier imagen desacostumbradamente violenta es repetida, repetida y repetida hasta la saciedad advirtiéndonos previamente de que puede herirnos la sensibilidad, para que no dejemos de mirar. Esta acumulación de violencia convierte la información en un espectáculo visual, muy lejos de la auténtica comprensión de los acontecimientos y traslada al espectador la imagen de que la sociedad es mucho más peligrosa de lo que realmente es, provocando una angustia social injustificada de consecuencias funestas: miedo, individualismo, aislamiento, insolidaridad… Pero no menos importante es la violencia verbal: tertulias, cotilleos, comentarios, enfrentamientos, discusiones, irreflexión, preguntas a bocajarro, opiniones inconsistentes…

De nuevo el diálogo, la reflexión, la búsqueda serena de la verdad, dejan su espacio al ingenio, la broma, el grito, el insulto, el lenguaje circense. El espectáculo de la vaciedad verbal, incluso la violencia gestual. La tele es muchas veces gesto, actitud física que en un instante da una impronta valorativa a un hecho o una actividad y marca una moda con modelos en ocasiones muy poco adecuados. En cualquier caso, el efecto más devastador y de nuevo más invisible de la violencia televisiva es que nunca es real: es sólo una imagen. De algo ficticio o real, pero siempre una imagen, una imitación que en vez de provocar en nosotros rechazo o compasión verdaderas nos lleva a la insensibilidad, el engaño, la indiferencia o la costumbre: vemos morir en las películas o en el telediario, pero en uno y otro caso son muertes desrrealizadas, lejanas, ajenas, que no huelen, ni se sienten, ni se ven, ni se respiran, ni se oyen y, en consecuencia, no se viven… sólo se ven.

Son muertes enlatadas, descontextualizadas, que suceden entre un anuncio y otro y se devalúan, se desvalorizan, se trivializan y, finalmente, se disipan mezcladas con el café, el humo del cigarrillo, la sonrisa de la presentadora y la comodidad de nuestro sillón. Es la violencia débil que debilita nuestra capacidad de afrontar y rechazar la violencia. Así, es cierto que cuando se nos muestra el dolor del tercer mundo y sus tragedias, se despierta en nosotros un sentimiento solidario y millonario… pero también lo es que cuando esta violencia desaparece de la pantalla, también desaparece de nuestras vidas aunque siga existiendo allí donde es real.

9ª Paradoja: Valores sin valor. En la televisión encontramos, sobre todo, entretenimiento, ficción. Hasta los informativos –ya lo hemos entrevisto– participan de ese formato entretenedor de las imágenes. Nos sentamos ante la pantalla ideológicamente despreocupa-dos porque no parece que vaya a discursearnos. Pero en la tele –como ha mostrado magistralmente Joan Ferrés– los valores, las ideas, no se transmiten mediante el discurso, sino mediante el relato, la ficción, el espectáculo; mediante la diversión. Y, de ese modo, se convierte en una formidable máquina socializadora, creadora de ideas, valores y, más a menudo de contravalores. Pero es su carácter poliédrico, misceláneo, continuo, lo que verdaderamente la constituye.

El problema educativo de la televisión no es sólo los contravalores que puede fomentar y transmitir un determinado producto audiovisual, sino el relativismo indiferenciado y absoluto que provoca esa mezcla de publicidad, guerra, ficción, reality show, frivolidad, hambre, publicidad otra vez… Todo eso que es su programación global y la costumbre social generalizada del zapping en el que hemos convertido su uso. En palabras de Federico Fellini, la televisión «es como tener en casa una boca abierta que lo vomita todo de forma matemática y estúpida. Es como si la guerra, la religión, todo, Dios incluido, pasara por una batidora que lo hiciera todo puré: todo se desintegra en partículas mínimas, destruido para siempre».

La televisión –y el uso que hacemos de ella– se han convertido en un río de lava electrónica que todo lo engulle y produce en nosotros la sensación indiferenciada de que todo es lo mismo. Ya no es todo solamente relativo, sino que todo es trivial, insignificante, en el estricto sentido del término: nada es importante porque todo tiene el mismo significado, es decir, no significa nada.

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10ª Paradoja: La vida del que no vive. La televisión es, en una última y terrible paradoja, la vida del que no vive. Porque el tiempo que dedicamos a la televisión no es una mera magnitud numérica. Es biotiempo: es actividad, es juego, es relaciones personales, es estudio, formación, lectura, amor, viaje, paseo, meditación, aburrimiento incluso; es cine, deporte, mirada contra mirada, enfado, superación, es vida. Es tiempo que nos hace crecer y madurar. Nosotros somos administradores de nuestro tiempo vital y, lo que es más importante, del de nuestros hijos. Tenemos una responsabilidad en llenarlo adecuadamente, en proporcionarnos y proporcionarles buenas alternativas para que su biotiempo sea rico y nutritivo como los alimentos que les damos para que crezcan. Vivir viendo como otros viven, ése es el destino del teleadicto.

Fuente: Las asociaciones de consumidores y su producto de consumo, Pepe Boza. (http://medioambientesimbolico.asumearagon.es/)