La casa de papel
Títol original
La casa de papel
Gènere
Subgènere
Cadena TV
- Emissio
Temporada
1
Llenguatge
Valoració
Public
()
Durada
50'
Data de producció
2017
País

La casa de papel

3 / 6
Humor 1/5
Acció 3/5
Violència 2/5
Sexe 1/5

Empecemos por lo bueno que tiene La casa de papel. Es audaz. Lo que quiere decir que la serie se arriesga, quiere diferenciarse de lo común y busca cómo hacerlo. Este atrevimiento desemboca, entre otras cosas, en un guión sugerente: un robo perfecto e insólito. Además, también experimenta con éxito en la iluminación (aumentando la saturación en rojos), en el montaje no lineal de la historia y en un reparto coral menos comercial, pero más solvente.

Juega a su favor que esta ficción se haya concebido para una temporada, sin sorpresas de última hora y sin regates a la estructura narrativa. Ello le confiere de antemano (o eso se presupone) la coherencia de una historia que sabe a dónde va. Igualmente, le beneficia incorporar diversos géneros (suspense, policíaco, drama, romance…) y combinar la acción en exteriores con la tensión que se padece en los interiores (ya sea la de los rehenes, la de los policías en su puesto de mando o la de los propios ladrones). El ritmo se aguanta y la ambientación convence (a pesar de una música que vocifera en busca de las emociones).

No obstante, no todo pueden ser virtualidades. También encontramos en La casa de papel algunos vacíos mal ocupados. El primero (y más llamativo) es esa voz en off que, con la pretensión de hacerse cómplice del espectador, le trata como si fuera tonto. Tokio (Úrsula Corberó) ya cae mal desde el principio, simplemente porque se esfuerza demasiado en caer bien. Además de adelantar acontecimientos innecesariamente, este recurso sirve como excusa para aliviar la carga de contenido en las imágenes. Es como si alguien nos dijera: “si no he sabido transmitirte la información con la interpretación o con la escena, te lo explico”. Y eso es desalentador.

Por otro lado, algunos diálogos y ciertas declaraciones hechas en según qué momentos y de forma poco afortunada (“El amor de mi vida”, así pregonado, entre gritos y de mal humor, suena demasiado a culebrón) nos devuelven a la realidad de que en este país hace falta pagar mejor a los “dialoguistas” o contratar a otros.

Y, por acabar, resaltaremos que toda la imaginación y creatividad utilizadas para construir la gran historia central –el robo– y dar vida a sus protagonistas –los ladrones– se desvanecen en los pequeños y vulgares conflictos y en trillados detalles muy primarios –el embarazo de Mónica, el bullying a Alison, el estereotipo policial Raquel Vs. Prieto, etc–. Quizá habría que insistir en la certeza de que todo suma en una historia y si no suma, resta. Por lo tanto, el cúmulo de oportunidades perdidas para presentar personajes y subtramas singulares desvirtúan, al final, un buen proyecto.

Ahora, que cada uno elija qué lado de la balanza le pesa más.

Firma: Mar Pons