¡Ave, César!
Título original
Hail, Caesar!
Género
,
Año de producción
2015
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
106'
Fecha de estreno
19/02/2016

¡Ave, César!

4 / 6
Humor 2/5
Acción 1/5
Violencia 0/5
Sexo 0/5

No hay sello más propio y más difícil de imitar que el que imprimen los hermanos Coen en sus películas. Ambos convierten sus guiones y su puesta en imágenes en un vivo homenaje al Cine y al Relato. Conocen y usan a los narradores fundacionales de Occidente como Homero y, por supuesto, a los clásicos de esa cultura –que cada vez se hizo más anglosajona– en la que el cinematógrafo bebió y bebe como casi exclusivo abrevadero. Y con más evidencia expresan su dominio de la historia del cine, con especial énfasis en la tradición americana y en el western.

Todo eso late en su filmografía, que contiene obras memorables (Fargo, No es país para viejos, A propósito de Llewyn Davis…) y otras que no lo son tanto, pero que albergan momentos inolvidables (Quemar después de leer, Crueldad intolerable…). Todavía es difícil decir, si hay que hacerlo, dónde se encontraría ¡Ave, César!, aunque no pocos elementos apuntan a que sea un aplauso a todo el conjunto.

El último film de Joel y Ethan Coen explota lentamente como una bomba-festiva de amor al cine clásico (presente en referencias directas e indirectas), sin dejar de morder irónicamente en la “impecabilidad” de su sistema de producción. En estos dos polos el guión encuentra todo un arco de estrategias de comedia matizada; aquella que dominan los Coen, la de la sonrisa profunda y no la de la risotada brusca.

Su apuesta es arriesgada, pues se embarcan en múltiples tramas –análogas a esos tentáculos que Mannix debe controlar como guionista improvisado de la vida– que no siempre se enlazan con la suavidad necesaria. Parece que los hermanos de Minnesota han querido hacer su Cantando bajo la lluvia: celebrar el cine con canciones y números musicales de época (que hacen ostentación de algún gesto anacrónico para acentuar el subtexto); rendir cuentas amablemente con las dos caras de la caza de brujas y de la entrada en la Guerra Fría; hacer pedagogía con mecanismos y oficios de estudio y evidenciar, en su manierismo continuo de cine dentro del cine, cómo fingir y mentir puede ser una profesión que es preciso ejercer en conciencia.

Y es que, en medio de algunas aristas que pueden leerse desde varios puntos de vista, los Coen dejan claro que mientras satirizan se enamoran más y más de una tarea vieja como Homero e imprescindible para toda sociedad: la necesidad de que nos cuenten cuentos.

Firma: Lourdes Domingo


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