Carrington
Título original
Carrington
Género
Año de producción
1995
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
121'
Fecha de estreno
09/10/1995
País

Carrington

3 / 6
Humor 2/5
Acción 0/5
Violencia 0/5
Sexo 4/5

Debut del dramaturgo, traductor y guionista británico Christopher Hampton, que ganaría el Oscar de Hollywood por su adaptación de Las amistades peligrosas, como realizador fílmico. Con el tono amoral que caracteriza a esa obra literaria, el nuevo cineasta ha puesto en escena con exquisitez ambiental la biografía que sobre Lytton Strachey escribiera Michael Holroyd.

A tal fin, ha contado con un duelo interpretativo entre Jonathan Pryce (Premio al Mejor actor en el Festival de Cannes´95 y la sin par Emma Thompson, en la plenitud de su carrera profesional: “Me puse a estudiar –manifestó la gran actriz, refiriéndose a Dora Carrington– todo lo que encontré sobre ella, desde cartas a testimonios de amigos suyos, y trabajé muy duramente para meterme en el personaje. Su carácter me parecía, inicialmente, que era tan diferente al mío, que ha sido una experiencia muy fuerte. Lo que más me fascinó fue, precisamente, su falta de ortodoxia. Luego, que yo soy una persona para quien las palabras son vitales para que se produzca la comunicación, mientras que para ella no eran tan importantes, se comunicaba mediante la pintura, la mirada o, incluso, llorando por dentro, que es mucho más difícil que llorar por fuera. Yo he tratado de representar la angustia, y eso deja huella”.

Además, la evocación de un mundo intelectual –el grupo de Bloomsbury– y social de una época crítica –retratando con enorme brillantez y luminosidad los escenarios naturales auténticos– dan a este filme una factura formal de primer orden, con algunos momentos de verdadera inspiración artística, aunque la realización no esté exenta de cierto academicismo –a veces, un tanto distante y frío– y de diálogos –con un agudo sentido del humor– que saben a literarios y algo teatrales. Sin embargo, la estética no es suficiente. El universo íntimo-intelectual de esa peculiar pareja, que vivía al margen de las normas, es mostrado sin pelos en la lengua por la lente de la cámara escrutadora de Hampton: unos seres reales, que seguían las ideas de moda sobre la autonomía de la vida sexual con respecto a la vida afectiva, y que separaron el amor y del deseo, el espíritu de la carne, o que buscaban el éxtasis y encontraron el vértigo –como diría el filósofo Alfonso López Quintás–, pero cuya ambivalente postura les llevó al sufrimiento del presente y a su desesperanzado final. Todo ello, presentando el autor a los personajes más como víctimas de las convenciones o de los valores establecidos que de sus propias actitudes existenciales.

En cambio, más equilibrado parece el realizador y guionista –no así en cuanto a las escenas eróticas– en torno a la captación del contexto histórico y cultural de esos diecisiete años, retratando un mundo periclitado: el referido grupo de Bloomsbury, que representaba a los artistas y escritores de la bohemia londinense, que rechazaba la corrección victoriana, la retórica de los políticos y el art déco; y las tradiciones y los gustos de la aristocracia de una metrópoli, que era entonces el paradigma de la sociedad occidental europea, por aquellos años en crisis con la primera conflagración mundial y el período de entreguerras que le sucedió.


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