Hasta el último hombre
Título original
Hacksaw ridge
Año de producción
2016
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
139'
Fecha de estreno
07/12/2016
País
,

Hasta el último hombre

3 / 6
Humor 1/5
Acción 4/5
Violencia 5/5
Sexo 0/5

Diez años después de Apocalypto, Mel Gibson se coloca tras la cámara para apoyar un guión que introduce cuestiones de calado ético y espiritual en su articulación social, algo que también se daba en la mayor parte de su filmografía como cineasta: El hombre sin rostro, Braveheart, La pasión de Cristo y la ya citada Apocalypto. Y es que Hasta el último hombre pone en pantalla el valeroso ejercicio de asumir las consecuencias de actuar y vivir con rectitud de conciencia.

La coherencia a toda costa es uno de los mensajes claros del film, porque lo que también está claro que estamos ante film de mensaje: un mensaje diáfano y nada enturbiado. Esto pone en alerta al espectador que busque un Gibson más cínico o ensombrecido. Las sombras se quedan solamente en breves secuencias, donde aparecen algunos personajes más atormentados por el peso de la violencia en sus vidas.

De ahí que, tras un arranque donde queda claro por qué el joven Desmond Doss abjuró ante Dios de tocar un arma, la película despliega a un protagonista consciente de que su disimulada madurez resulta naíf para unos y molesta para otros. Precisamente, este retrato de Doss sin fisuras morales y de un idealismo declarado puede distanciar a algún espectador habituado al sarcasmo que puebla la ficción contemporánea.

Sin embargo, Gibson y Robert Schenkkan y Andrew Knight no engañan. Quieren hablar de heroísmo sin empañar lo que este término significa en cierto cine bélico norteamericano: un tiempo de enemistad que da paso a uno de camaradería, amistad, lugar de encuentro y puesta en común de unos mínimos valores humanos, para revelar otros momentos en los que se llega a jugar la vida por el compatriota e incluso por el enemigo.

Para orquestar todo esto y el doble tiempo y doble escenario (la época de paz en Virginia y la de guerra en Japón respectivamente), la realización se apoya en una dirección de fotografía en la que el cambio de cromatismo va parejo al cambio de ritmo. De nuevo, Mel Gibson apuesta por la crudeza hasta el extremo en la manera de mostrar la contienda entre americanos y nipones. La extensión e intensidad de los planos agudizan la sensación de hartazgo y rechazo que pretende provocar, mientras no se pierde ritmo ni dramatismo.

No obstante, y en la línea del tono épico-heroico mencionado, a veces al director de Braveheart se le va la mano en algún pasaje de ralentización visual y melosidad melódica que coloca el film en un terreno muy convencial. En esa basculación de tono, quizá se busque contentar y llegar a más butacas y más diversas.

En definitiva, lo que no presenta dudas es que esta trama basada en hechos reales dibuja muy bien el papel fundamental de la objeción de conciencia en una sociedad que quiere ser moderna y valiente y sobre todo que quiere progresar. Como se trasluce en esta historia, respetar ese derecho no solo beneficia al sujeto que quiere ejercerlo sino que, a pesar de los disgustos que le acarrea al inicio, se convierte en el modo más eficaz de salvar vidas, de hacer más humano y digno el entorno de convivencia y de agitar, en positivo, otras conciencias para que sean más sensibles hacia el cariz negativo de la violencia.

Estamos ante una película que no solo conectará con el público adulto. La subtrama romántica y la presencia de un Andrew Garfield –que encarna a la perfección ese post adolescente maduro, enamorado y pletórico de convicciones– supondrán un atractivo adicional para que una audiencia más joven cambie de tercio de vampiros y distopías frívolamente agresivas.

Firma:
Lourdes Domingo


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