La habitación
Título original
Room
Género
Año de producción
2015
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
118'
Fecha de estreno
26/02/2016
País
,

La habitación

4 / 6
Humor 1/5
Acción 2/5
Violencia 1/5
Sexo 0/5

La habitación es una de esas películas que atrapan al espectador en cuanto empieza y le envuelven de tal manera que, hasta varias horas después de haber finalizado, no se logra salir de su embrujo. Es esta una curiosa similitud con la trama del film, una historia de opresión y de supervivencia y de las graves secuelas que ambas provocan en las personas.

Es muy difícil comentar esta producción sin revelar datos importantes que estropeen su visionado, por lo que necesariamente este análisis resultará algo vago, aunque rigurosamente cierto.

El trabajo de Lenny Abrahamson es un obra cinematográfica de alto nivel; puro cine que azota a los sentidos e interpela a la razón ofreciendo un producto finamente fotografiado, acertadamente decorado y con la duración y el ritmo perfectos. La música, imprescindible, se mueve entre la envolvente emoción cercana a George Delerue y la intriga del mejor Herrmann. Y, por supuesto, las interpretaciones imprescindibles y precisas de todo el elenco y las sublimes de la pareja protagonista, Brie Larson y Jacob Tremblay.

La habitación está basada en la novela homónima de Emma Donoghue, que ella misma adapta para la pantalla. Desconozco el libro, pero parece haber variado pocas cosas. Quizá sí hay un cambio de punto de vista, ya que en la versión escrita se limita al de Jack y en la presente se abre a su madre y a otros personajes. El guión, base del film en todos los sentidos, está bien trabado y medido, si bien hay algún acontecimiento excesivamente inverosímil y algún personaje, a mi juicio, poco delimitado, como es el caso de Abuelo.

Por otra parte, la película no deja lugar al descanso. Es sorprendente su capacidad de repasar los grandes temas del ser humano, sin salir del vocabulario infantil y de los objetos más cotidianos. Una sencilla (eso es lo que parece) transición entre lo diario y lo eterno, entre lo material y lo trascendente, entre lo mínimo de la persona y su insondable grandeza.

En este film se palpa la necesidad de la verdad. La eterna lucha entre la realidad y la ficción, entre dicha necesidad de la verdad y la conveniencia del engaño. Tiene mucho de mito de la caverna de Platón, de la mentira protectora de La vida es bella y de los universos paralelos de Matrix.

Es también una película sobra la cautividad y la necesidad de liberación del ser humano, enlazando con lo anterior, por medio del conocimiento de la verdad. Al mismo tiempo, transmite con fuerza una atmósfera opresiva que se traslada (e incluso parece crecer) fuera de la habitación. De ese modo, nos invita a ahondar en el tema de la libertad interior, en el autodominio por encima de las coerciones externas por muy dramáticas que estas sean.

Y es una historia en la que caben todas las emociones humanas. Con una incesante intensidad, se muestra el instinto de supervivencia que saca fuerzas y argucias de donde no se esperan. Se percibe en la nuca el miedo que paraliza, que hace desconfiar o que desespera hasta la autodestrucción. El temor a lo desconocido, el terror al Viejo Nick, a la separación o a traicionar las expectativas de los que amamos (derrumbe de Mama). El temor a lo que no puedo perdonar o concebir pero que a su vez motiva, da alas e incita a la superación.

Observando a Jack (imposible no hacerlo) aprendemos a buscar las cosas importantes y las otras en su justa medida, a perdonar, disculpar y a reintentar lo que no ha salido a la primera. De la mano de Jack y de su madre nos centramos en valorar lo humano, al otro, el darse… Y también en buscar la alteridad incluso en los objetos inanimados, de ahí la ausencia de artículo cuando Jack saluda por la mañana a Claraboya, Armario o Lavabo.

No obstante, entre tanta emoción, lección y angustia, lo que planea, impacta y queda es la fuerza arrolladora del incondicional amor madre-hijo; una fuerza capaz de destrozar los muros a base de ignorarlos, de buscar dentro de uno mismo lo que a veces las circunstancias externas nos niegan y poder entregárselo al otro. Estamos ante la plasmación perfecta de unos lazos inquebrantables, que llenan de esperanza y sobreviven a fuerza de la generosidad de compartir la “forzudez” (tal como ha subtitulado la versión original), de aferrarse a una muela o de despreciar la amplitud si aleja el calor de la cercanía.

Todo ello en menos de dos horas. Todo ello situándonos en medio del apasionante amor que existe entre madre e hijo. Y todo ello dejando al espectador con un suculento, aunque arduo, manjar que madurar y disfrutar.

Firma: Esther Rodríguez


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