La llegada
Título original
Arrival
Año de producción
2016
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
116'
Fecha de estreno
18/11/2016
País

La llegada

4 / 6
Humor 0/5
Acción 2/5
Violencia 0/5
Sexo 0/5

La llegada es una atípica historia sobre invasión extraterrestre. Y también es una atípica historia sobre el papel de la cronología en la experiencia del amor y del dolor. Con este críptico preámbulo, sólo hay que añadir que, antes de verla, cuanto menos se sepa mejor.

Esta peculiar propuesta de ciencia-ficción contiene algún elemento visual que recuerda a la iconografía acuñada por el cine de los 70 y 80, especialmente por el de Steven Spielberg: por ejemplo, esas manos pegadas a las pantallas atravesadas por la luz para entrar en contacto con “el otro”. Sin embargo, Denis Villeneuve (Incendies, Prisoners, Enemy, Sicario) demuestra, una vez más, que tiene criterio propio y que es capaz de generar un universo que, sin llegar a ser estilizado en extremo, se perfila como muy característico y, lo que es mejor, capaz de generar sentido en el guion y emociones profundas en el espectador.

A este respecto, es muy encomiable la adaptación que Eric Heisserer ha hecho del relato corto de Ted Chiang. La carta de presentación de Heisserer (Pesadilla en Elm Street, Destino final 5, La cosa) no era muy animante pero su Arrival supone un cambio de registro y, ojalá, un viraje hacia un estilo en el que se aúna la narrativa más clásica con una exploración de esquemas menos convencionales. Esto, seguramente, supondrá una barrera para parte del público que espere un film de ciencia-ficción con amenaza exterior-guerra-subtrama romántica- y victoria patriótica, bañado en efectos especiales.

En La llegada esos efectos son sólidos, aunque más encaminados a actuar como elementos expresivos y dramáticos que como agitadores de salas de cine. El cromatismo, la luz, el ritmo interno de los planos y sus encuadres limpios y estructurados y, en especial, una lúcida concepción de la arquitectura (humana o natural) en la que todo está ordenado, incluso también la desproporción entre figura y espacio, se transforman en sigilosos puntos de movimiento de la trama.

Precisamente, esta meticulosa espacialidad entra en contraste con el tiempo (en apariencia desordenado) de los flashbacks, que además se hacen más frecuentes e intensos en el último tercio de película. Es ahí donde surge una tímida analogía – que no examinaremos– entre la realidad exterior y la propia cronología del cerebro humano; algo que, dicho sea de paso, se rueda con una curiosa cercanía a la cámara, coreografía y distancia de Terence Malick.

Por todo lo dicho hasta ahora, ya se ve que Arrival se introduce en un terreno resbaladizo, donde se narra en diversas capas simultáneas, de modo similar a como percibimos, sentimos, enjuiciamos y decidimos los seres humanos. De ahí que en las miradas, gestos y frases de sus protagonistas encontremos, a su vez, el espejo de cómo intuimos y de cómo deseamos las personas, e incluso de cómo emerge en el interior una cognición de especial valor para impulsar nuestra apertura al amor, a pesar de que seamos conscientes de que, así, corremos el riesgo seguro de sufrir.

A pesar de esta rimbombancia, no estamos ante un título pedante. Denis Villeneuve y Eric Heisserer labran una preciosa parábola sobre el poder del verbo y los signos como instrumentos de comunicación y conciliación. Ambos aspectos, frutos de la capacidad del hombre para el lenguaje, se presentan bien incrustados en la biología, en la psicología y en la espiritualidad; lo que dibuja un cuadro completo y esperanzador de hasta dónde se puede llegar cuando hay buena voluntad.

En esta línea, se entiende que la película se vaya transformando en un alegato de la capacidad que alberga la humanidad (en singular) para el diálogo, para establecer contacto amigable y para enriquecerse del “otro”, huyendo de prejuicios, de patrones y de experiencias previas. Mientras, en ese camino, entra en un conocimiento más agudo de sí mismo y en una apreciación más trascendente de su existencia.

Para ello, esta producción juega con un sano contraste que acaba siendo un bello y también amigable y no equidistante baile entre ciencia y lenguaje. En esa fiesta, en esa puesta en escena y en la fuerza y sutileza con que llega al público tiene mucho que ver una Amy Adams volcada en la amplitud de lo que representa su personaje. Contención, paciencia y firmeza son los rasgos que aporta y que hacen más cercano y comprensible este elaborado y laborioso título.

Firma: Lourdes Domingo


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