Proyecto Lázaro
Título original
Realive
Año de producción
2016
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
112'
Fecha de estreno
13/01/2017
País

Proyecto Lázaro

2 / 6
Humor 0/5
Acción 1/5
Violencia 3/5
Sexo 2/5

El mito de Frankenstein tiende a repetirse en el mundo cinematográfico. El atractivo es innegable: quien pudiera ser Dios para crear vida. Mateo Gil (guionista de Tesis, Abre los ojos, Mar adentro) se sube al carro y se lanza a escribir y dirigir un relato sobre el primer hombre resucitado de la Historia. Pese que el tema no es novedoso, la propuesta que hace Gil no deja de ser interesante.

Proyecto Lázaro no aporta mucha originalidad al mundo de la ciencia ficción más cínico: una empresa que investiga la medicina más avanzada (y sobre la que se corre rumores que lleva a cabo experimentos con humanos) intenta lavar su imagen; un hombre que quiere vivir eternamente; un futuro totalmente desvirtuado; la soledad abunda en cada persona; las relaciones humanas dejan de tener valor… La película rezuma negatividad: cuanto más avanza la tecnología, el hombre más deja de “ser”.

La voz en off narrativa va reflexionando sobre la vida, la muerte, la esperanza, el amor, los recuerdos… Algo muy humano contrapuesto a las imágenes del supuesto porvenir. En algunas ocasiones, los continuos flashbacks provocan que la película vaya dando bandazos de aquí para allá sin saber muy bien a qué puerto llegar. La fotografía saca su lado más hipster: desde el personaje, un joven con barbas y pelos largos que triunfa pronto en el mundo del diseño, hasta sus recuerdos que parecen historias sacadas de la red social Instagram.

El protagonista (Tom Hughes) consigue que te metas en su piel desde el minuto uno, lo que acaba provocando una angustia continua durante casi todo el largometraje. Al revivir, sólo le quedan los recuerdos de su vida pasada… pero, ¿son reales esos recuerdos?, ¿se puede vivir únicamente de ellos? Junto a él, la mejor interpretación se la lleva Oona Chaplin, su gran amor, que salva el filme de vez en cuando.

El hombre quiere jugar a ser Dios. Y como consecuencia habitual en este tipo de relatos, se ve necesaria la deshumanización: los sentimientos y la ética quedan fuera. Todo se convierte en efímeras experiencias relacionadas con las necesidades básicas de las personas: el amor ya no existe en esta sociedad del futuro, ahora solo queda la soledad y la vivencia de los traumas los lleva uno consigo mismo.

Y, sin embargo, buscan la inmortalidad. ¿Para qué? La única certeza que tiene el ser humano es que un día llegará el fin. Pretender tener un control sobre nuestra muerte es una idea tan descabellada como convertirse en un experimento para practicar la resurrección humana.

Para terminar, destacaría las reflexiones del protagonista en las que se reflejan las del director: las de simplificar la vida a un conjunto de átomos. Eso pues, deshumanicemos el mundo.

Firma: Elena Mira