Vivir de noche
Título original
Live by night
Género
Año de producción
2016
Público
Valoración
Lenguaje
Duración
129'
Fecha de estreno
27/01/2017
País

Vivir de noche

2 / 6
Humor 0/5
Acción 3/5
Violencia 4/5
Sexo 3/5

Ben Affleck vuelve a escoger una novela de Dennis Lehane como ya hiciese en Adiós pequeña, adiós. Sin apartarse del mundo del crimen y la marginalidad social que tanto les gusta, esta vez nos llevan de viaje al pasado, a un mundo mítico tanto en la historia de Estados Unidos como del cine universal.

El sentido y concienzudo homenaje que realizan a las películas de gángsters constituye lo más valioso del film, por eso es en su primera media hora donde la alianza Affleck-Lehane da sus mejores frutos. Elegantes trajes, clubs nocturnos, violentos atracos, persecuciones en bellísimos coches y el peligro de la traición o las vendettas que acechan en cualquier esquina.

Posteriormente la acción se traslada al Sur, a Florida, y el paisaje, tan diferente del acostumbrado de Boston, Chicago o Nueva York desconcierta aunque reabre un nuevo interés. También la introducción de problemáticas raciales, KKK incluido, y sociales amenaza con sacar al espectador de la trama pero, en un primer momento, se contiene y llega a resultar enriquecedor.

No obstante, la sospecha de que se está caminando sobre un guion muy endeble se confirma, a pesar de la buena disposición del público, atendiendo a cómo a los realizadores se les va la historia de las manos. Toda la parte final consiste en ver cómo a Affleck se le escapan las distintas tramas entre los dedos. Arrecia la confusión entremezclando relatos de personajes en los que no se ha profundizado. El papel fundamental de la cubana Graciela no tiene ninguna consistencia ni coherencia interna o externa. Y, llevados por los excesos de todo tipo con los que quieren provocar al espectador, desperdician dos personajes interesantes (o al menos lo serían en otra película) como son los del Sheriff Figgs y su hija.

Vivir de noche apuesta por intentar compaginar la dureza de la vida gangsteril con los buenos sentimientos que le suponen a Joe Coughlin. Sin embargo, lo que muestra es una brutalidad descarnada en todos los ámbitos, mientras que los esfuerzos por resaltar la bonhomía de Coughlin funcionan escasas veces y el resto, o es inverosímil o, quizá peor aún, acaba en sentimentalismo muy cercano a la cursilería.

Firma:
Esther Rodríguez


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