Cuando el amarillo tiñe los informativos en la televisión

En medio de la jungla televisiva, los programas informativos son, para muchos espectadores, la cara seria de la cadena, la fuente fiable de lo que pasa en el mundo, y un oasis en medio de la trivialidad que inunda las parrillas.

Sin embargo, desde hace unos años, la información televisiva ha adquirido una serie de vicios que deforman su imagen e impiden que cumpla su objetivo. Aquí se analizan brevemente algunos de estos problemas.

Es cierto que en la televisión se trabaja bajo mucha presión, sobre todo en los programas diarios. Los informativos no son, por eso, una excepción: siempre a contrarreloj, enganchados a la actualidad y al último suceso, sometidos a presiones políticas y económicas.

Todo esto, que es real, no es excusa para disculpar sin más las desviaciones y excesos profesionales que se cometen, con cierta asiduidad, en los espacios informativos de nuestras cadenas. Detectarlos y analizarlos es un ejercicio sano, que fomenta la visión crítica, sin olvidar, por otro lado, el trabajo y el servicio social que podrían llevan a cabo estos profesionales.

La información, un producto de mercado

Este es, sin duda, junto con las dependencias político-económicas, uno de los factores de más peso en la “perversión” de la función informativa. Desde el momento en que una noticia se considera un producto de mercado, sometido por eso, entre otros, a las leyes de la oferta y la demanda (aquella hipócrita sentencia: “es que lo pide la audiencia”), el foco de la “infección” no hace más que extenderse.

Esto es lo que sucede cuando el primer objetivo es, precisamente, ser el primero, sea como fuere, en decir algo sobre un hecho. A fomentar esta actitud han ayudado las recientes tecnologías que, en principio, son una cosa positiva. La parte negativa llega si –para ser los más rápidos, estar “aquí”, poner una “cara” –, se pierde rigor o incluso –una cosa patética, pero real– no se tiene nada de nuevo a decir.

Cómo decía Rosa Maria Calaf, ya en 2002: “Esto es muy grave porque, entonces, el periodismo se desvirtúa y pierde la esencia de su función, que es dar elementos al espectador o al lector para que pueda formarse una opinión sobre los temas y pueda, hasta cierto punto, ejercer una función de control, ya sea del poder político o de otro tipo “.

Otra de las consecuencias de la mercantilitzación informativa, unida a la influencia de otros géneros televisivos, es la tendencia a primar el espectáculo por encima de la reflexión o verdadera información. Cuántas veces se puede escuchar en un “telediario” afirmar cosas cómo: “No se pierdan las espectaculares imágenes de …” ¿Desde cuando un informativo tiene que ser espectacular? ¿No se puede caer, con esto, en una trivialitzación de las desgracias, accidentes, guerras y conflictos? Por supuesto que en el que se cae, y de bruces, es en el sensacionalismo. Es decir, en ese afán para despertar las emociones o exacerbar las sensibilidades buscando, para ello, las facetas más escabrosas de las noticias.

Por otro lado, si se deja al supuesto mercado decidir qué es noticia y cómo tiene que darse, puede pasar lo que ya sufrimos en la actualidad: que unos contenidos de menos relevancia prevalezcan sobre otros más relevantes. Por ejemplo, ya en 2007, según un estudio elaborado por la Universidad Complutense, Pompeu Fabra y la de Navarra, casi una cuarta parte de los contenidos de los informativos de ámbito estatal son deportivos. Lo siguen de cerca los desastres y accidentes y, después, las generadas por el Gobierno. Este dato es bastante revelador del camino, descendente, que siguen los programas de actualidad. Diez años después las cosas no han mejorado.

Crónica negra

Como evidencia el mencionado estudio, en los últimos años se ha producido un aumento de las noticias relacionadas con la crónica negra y la anécdota ligera. Desde apuñalamientos y peleas de barrio, hasta truculentos crímenes que acaparan los primeros titulares, pasando por las focas del zoo de Kuala Lumpur o el tropiezo de una estrella de cine en la moqueta de la entrada de un teatro. Todo este tipo de hechos tienen un tiempo y espacio informativo excesivo por su relevancia y consecuencias, que devalúa la profesión.

El acoso de la crónica rosa

Todo se contagia. Los virus –sean del tipo, color y género que sean– traspasan todo tipo de barreras e infectan a nuevos sujetos. La crónica rosa ha conseguido alojarse incluso en géneros, en principio, distantes, ajenos y con grandes dosis de anticuerpos. Los informativos, estos buques insignia (según dice el tópico, una cosa que haría falta relativitzar y poner a su lugar) de la cadena, son la supuesta bandera de la seriedad, el rigor y el punto de equilibrio tan ausente en las parrillas de nuestro país.

Sin embargo, la información sobre personajes del corazón –una expresión que, en realidad, carece este órgano vital– se ha instalado en los programas informativos, robando la cabecera a noticias de calado internacional o nacional de más peso y consecuencias. Esto se debe al hecho de que estos espacios considerados serios y ponderados han bajado la guardia ante la presión, casi claustrofóbica, de magazines y talk-shows dedicados exclusivamente a especular, en un bucle sin fin, sobre noticias folclóricas, pseudopolítica y otros famosos de segunda, tercera o última fila.

Autopromociones dentro de los informativos

Más abajo todavía, ya en otro grado de indignidad, se encuentra este otro fenómeno no menos frecuente. Todas las cadenas –desde hace más de diez años, ya no se salva ninguno, ni las públicas– dedican, muy a menudo, los últimos minutos a anunciar o promocionar algún programa propio. Incluso la misma TVE no sólo se decide a hablar en exceso de los deportes que ella misma retransmite –en detrimento otros acontecimientos del sector– sino de meros programes espectáculo. Un ejemplo histórico fue el día en que incluso el hombre del tiempo hizo una broma-anuncio de Lluvia de estrellas, que estrenaba edición minutos después.

Si diferenciar información y opinión es –como se ve– algo éticamente necesario, también lo es distinguir la publicidad –en cualquier de sus formas– de cualquiera otro contenido. De hecho, es una cosa que exige la Ley General de la Comunicación Audiovisual. Por eso, este tipo de prácticas pueden considerarse una nueva modalidad de publicidad encubierta.

Distinguir información y opinión

El espectador espera datos, novedades, contexto, es decir información, pero no la opinión de alguien. Además, como la publicidad, que tiene que ser diferenciada e identificada como tal, la opinión tiene que ser enunciada separada de la mera información. Es verdad que es una tarea compleja, paralela a la investigación y tendencia hacia la objetividad de todo periodista. Pero hay límites que van más allá del detalle o línea que separa ambos géneros periodísticos, como hacer comentarios irónicos (divertidos únicamente por el mismo redactor), utilizar directamente la primera persona conjugando el verbo “creer” o presentar la información acompañada de adjetivos calificativos.

Otro problema muy habitual en los informativos fuera de prime-time o espacios de tertulia-debate-coloquio es que los periodistas-tertulianos se atreven con todo, desafiando los límites de la inteligencia humana mientras opinan, comentan y pontifican sobre todos y cada uno los temas de actualidad. Es igual que sean materias que conozcan en profundidad o que desconozcan y ni siquiera se hayan molestado en informarse mínimamente con solvencia.

Este servicio profesional es bastante peligroso y demoledor cuando quien comenta la actualidad del color que sea es un ex-granhermano o famoso de la última remesa de MHYV o Supervivientes, puesto que se cae fácilmente en la mentira (seguramente no buscada ni consentida, pero mentira en todo caso) y en la justificación de que todas las opiniones valen lo mismo aunque no se tengan conocimientos.

La tarea del espectador

Ante este panorama, uno puede desanimarse y decidir no ver más informativos en la pequeña pantalla. Es una opción. Sin embargo, es más saludable, y también más positivo para el resto de los espectadores (sobre todo para aquellos que no son conscientes de estos defectos y malas prácticas profesionales), hacer públicas estas quejas e intentar que las cadenas se reconcilien con el buen trabajo informativo y con la audiencia.

Firma: Lourdes Domingo