El concepto “clásico” en el cine

El concepto de clásico

Una simple revisión a los usos de la palabra clásico permite evidenciar que se trata de un término extendido, corriente y asimilado con cierta naturalidad en nuestro vocabulario. Sin duda, donde mayor sentido parece adquirir este concepto es en ámbitos académicos y culturales, donde se recurre constantemente a él para asociarlo a obras, definir estilos, calificar a autores o determinar épocas y procesos concretos de la Historia, las Artes y las Ciencias. Pero si se traslada la noción de clásico a registros más cotidianos, uno descubre fácilmente que ésta no queda exclusivamente limitada al entorno intelectual.

Clásico puede hacer referencia al diseño de un objeto o a la disposición de un espacio; a ciertos comportamientos, actitudes o reacciones; a ideas y teorías. Permite, por ejemplo, aludir a la forma de vestir de alguien e, incluso, ha sido convertido en nombre propio por la prensa para definir algunos encuentros deportivos. El apelativo clásico es muy recurrente y aplicable a multitud de realidades, pero, a veces, su frecuente utilización puede obviar algunos matices en su significado que conviene conocer y que enriquecen, en gran medida, su sentido.

El diccionario de la lengua de La Real Academia Española distingue hasta nueve acepciones para definir la palabra clásico. Como adjetivo, clásico puede hacer referencia “al periodo de tiempo de mayor plenitud de una cultura o de una civilización” y, por extensión, a “los autores, obras o géneros que pertenecen a dicho periodo” (en este caso, el término podría ser utilizado como sustantivo). Refiriéndose, nuevamente, a obras y autores, el diccionario plantea el significado de clásico como “modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”; y también relaciona el término con aquello “perteneciente o relativo a la literatura o al arte de la Antigüedad griega y romana”, además de identificarlo con las nociones de “tradicional, típico o característico” en otras definiciones.

Este primer acercamiento semántico a lo clásico puede complementarse con otros estudios sobre el tema, como el realizado por el historiador del arte J.J. Pollitt en el prólogo de su trabajo Arte y experiencia en la Grecia Clásica, donde concedió tres sentidos diferentes a la palabra clásico: un sentido cualitativo, uno histórico y otro estilístico. El primero de ellos, el sentido cualitativo, expresaría “el reconocimiento de una norma de perfección dentro de un determinado género, una norma por la que hay que juzgar los objetos o evoluciones posteriores dentro de ese género”, y podría incluirse dentro de esa manera de entender la idea de clásico como modelo, pudiendo aplicar el calificativo tanto al referente como a las derivaciones fruto de su influencia.

El sentido histórico del término, según Pollitt, volvería a conectarlo con la cultura y civilización de la Grecia y la Roma antiguas, una significación que tiene su origen cuando, desde la Edad Media, se consideró a griegos y latinos “poseedores de una autoridad superior tanto en pensamiento como en expresión”. Esta variante del vocablo clásico en absoluto excluye (más bien implica) la anterior definición del concepto, concebido como paradigma. Una evolución de este razonamiento ha hecho que desde el siglo XIX, en el ámbito de la Historia del Arte, el periodo clásico haya quedado delimitado por algunos autores a gran parte del siglo V a.C. y a las dos primeras décadas del siguiente, la etapa más esplendorosa de la producción artística y cultural en Grecia.

Finalmente, el sentido estilístico de clásico nace en el siglo XIX a partir de la contraposición entre el mundo greco-romano y los romanticismos, un choque entre “la naturaleza mesurada, contenida, equilibrada y ordenada” de los primeros con el “arrebato y efusividad” de los segundos. Pollitt afirma que, desde entonces, la noción de clásico definió una identidad y un arte “que era sobre todo formal y ordenado”.

Esta pequeña profundización debería bastar para comenzar a apreciar en su sentido más vasto, complejo y matizado el concepto de clásico. Su significado primero resulta de la mentalidad y producción de Grecia y de Roma, tanto en la dimensión histórica del término como por suponer aquéllas el primer referente consolidado de Occidente. Pero tras esta aproximación, se hace evidente que lo clásico, en diversas de sus variables, trasciende al mundo antiguo. Cada arte tiene a sus propios griegos y romanos; cada arte, en su singularidad, tiene sus propios clásicos (en todas las aplicaciones de la palabra). Incluso, cualquier segmentación de un arte motivada por contextos históricos, geográficos o estilísticos encuentra sus propios modelos a seguir, modelos que pueden considerarse clásicos sin necesidad de responder estrictamente a las convenciones y tradición del estándar clásico en su significación íntegra.

De esta forma, una escultura de Fidias es clásica siguiendo los sentidos cualitativos, históricos y estilísticos del término, como también lo es el David de Miguel Ángel renacentista en su representación formal e ideal. Son clásicas la Sinfonía No. 40 o la Pequeña serenata nocturna de Mozart, por el orden y armonía de su composición y por ser cumbres y prototipos del arte de la Música, que encuentra su “clasicismo histórico” en el siglo XVIII; mas no por ello dejarían de encontrar genios del siglo XX como Bob Dylan o Los Beatles su espacio entre la extensa gama de definiciones de clásico. El Quijote de Cervantes es un clásico de la literatura universal y la muestra más excelente del clasicismo literario español; Wilde, Joyce o Kafka pueden recibir el título de clásicos de la literatura moderna; aunque nadie duda que, al leer Literatura Clásica, uno se está adentrando en el mundo de Homero, Sófocles o Virgilio.

El cine y lo clásico

Dentro de las diferentes manifestaciones artísticas, el cine es un caso peculiar por su juventud y por su destacada naturaleza comercial y popular, así como porque su evolución como formato, sujeta en buena parte al desarrollo técnico, quema etapas a mayor velocidad que cualquier otra disciplina. En poco más de cien años, el cine ha constituido su pequeña historia de manera muy completa, contando por décadas lo que otras artes contaron por siglos, y recorriendo con fugacidad sus periodos primitivos, su consolidación, su apogeo y sus vanguardias. Durante todo este proceso, el séptimo arte ha asumido la noción de clásico en todas sus facetas y extensión.

Antes de entrar en el sentido histórico de clásico en relación a la materia cinematográfica (sentido a partir del cual podrán articularse otras aplicaciones de la palabra), cabe advertir del riesgo que siempre supone delimitar en el tiempo y en el espacio corrientes artísticas y culturales. Es importante evitar tendencias excesivamente historicistas o categorizaciones inflexibles que puedan menospreciar la maleabilidad de los límites temporales y de los periodos de transición, así como el matiz en el seno de la propia etapa.

Dicho esto, a lo largo del siglo XX, diversos autores y estudiosos han tratado de concretar en una época el clasicismo cinematográfico. Las teorías son diversas, y todas ellas poseen suficientes justificaciones para ser tenidas en cuenta. Por convención, podría darse como válida la que sitúa en el Hollywood de 1930 a 1960 la fase de plenitud más relevante del séptimo arte. Esta época se inaugura con la llegada del cine sonoro y el afianzamiento de los géneros, y se desarrolla durante décadas hasta su decadencia, provocada por los efectos del colapso del sistema de estudios, la consolidación de otros modos de entretenimiento como la televisión, los cambios generacionales en la Meca del Cine, o la aparición y aceptación crítica y popular de nuevas expresiones y cinematografías.

Es, ésta, la conocida como Era Dorada del Cine, la de las grandes estrellas, la de las grandes películas. Es, ésta, la época de los westerns de John Ford (La diligencia, Centauros del desierto); de la comedia de Frank Capra (Qué bello es vivir), de Ernst Lubitsch (Ser o no ser) y de Billy Wilder (Con faldas y a lo loco); del melodrama de William Wyler (La loba, La heredera); del cine negro de Howard Hawks (Tener y no tener) y de John Huston (El halcón maltés); del musical de Stanley Donen (Un día en Nueva York, Cantando bajo la lluvia); del monumentalismo épico-bíblico de Cecil B. DeMille (Los diez mandamientos); de las aventuras del tándem Michael Curtiz-Errol Flynn (El capitán Blood, Robin de los Bosques); de los diálogos de Joseph L. Mankiewicz (Eva al desnudo, El fantasma y la señora Muir); de la inimitable capacidad para generar suspense de Alfred Hitchcock (Rebecca, Vértigo); de la revolucionaria narrativa de Orson Welles (Ciudadano Kane, El cuarto mandamiento).

Esta concepción romántica de un contexto concreto (aunque bastante amplio) de la Historia del Cine podría responder, en parte, a esa “escala nada científica” que utiliza Allan Hunter para medir el carácter clásico de un film, que es “el cariño del público”. Hay, efectivamente, en esta clasificación, una deuda con todos aquellos autores y títulos que en su día contribuyeron a crear un imaginario cinematográfico que ha perdurado durante generaciones; e, incluso, pueden pesar sobre ella los efectos de la abrumadora maquinaria mediática del Hollywood del star-system. Pero no puede negarse que también se adapta a criterios de excelencia, a lo que -recuperando a Pollit- puede entenderse como una “autoridad superior” en las manifestaciones derivadas de la creación de los hermanos Lumière.

Es ingenuo pensar, pero, que esta perfección cualitativa es monopolio del cine de Hollywood de estas décadas. Hay muestras excelentes de cine antes (Murnau, Lang, Keaton, Chaplin), durante (el cine europeo de Bergman y Rossellini; el japonés de Ozu y Kurosawa; o el inglés, y más clasicista, de Lean) y después (Visconti, Truffaut, Kubrick, Coppola, Scorsese, Malick) de los tiempos y maneras de Casablanca, Ben-Hur o Lo que el viento se llevó. Es más, todos estos autores y sus obras podrían responder a alguno de los significados de clásico tratados hasta ahora; pues, o bien se han convertido en modelos y paradigmas de épocas, géneros y corrientes concretas, o su repercusión crítica o popular los ha consolidado como obras de referencia para el espectador.

Sin embargo, si ha quedado aquélla como la época clásica por excelencia del séptimo arte ha sido por la preponderancia del cine americano a nivel global, así como por suponer el momento en el que éste adquirió algunos de los principios que definirían un arquetipo extendido a lo largo de las décadas y, también, algunas de las bases que determinan el cine incluso en nuestros días. Estos fundamentos constituirían lo que podría recibir el nombre de estilo clásico o, por lo menos, del periodo clásico en el cine, lo cual permite recuperar, ya a través del celuloide, el sentido estilístico de la palabra clásico.

David Bordwell introduce la expresión “estilo colectivo” para definir el conjunto de preceptos que convierten en algo “definido, homogéneo y con principios constantes” una manifestación artística desarrollada en un específico contexto histórico, geográfico y cultural. No sin las reservas debidas a lo dilatado de la fase clásica (que él sitúa entre 1917 y 1960), el teórico norteamericano propone una recopilación de valores comunes en el estilo y modo de producción de dicha etapa, parámetros que se ajustarían a razones estéticas, técnicas, narrativas, temáticas, éticas e ideales.

En todos estos ámbitos, dice Bordwell, el cine clásico respondería a pautas determinadas por un carácter realista, unitario y artesanal; que reclaman equilibrio, coherencia, elegancia y racionalidad; y con una inclinación evidente hacia el orden, la armonía, la tradición y la universalidad, no solo en sus formas y su fondo, sino también en la relación que los asocia. Razones cercanas habían llevado, por su parte, al siempre citado André Bazin a señalar “una cierta comunidad de expresión en el lenguaje cinematográfico” resultante de la década de los 30 y mantenida en los años venideros, reconociendo en algunas obras del momento “el sentimiento de un arte que ha encontrado su perfecto equilibrio, su forma ideal de expresión […] todas las características de un arte clásico”.

Atendiendo a estas consideraciones, la connotación estilística de clásico en su sentido estricto puede ilustrarse a partir de un modelo que empezó a gestarse en los años finales del cine mudo (con pioneros como el David W. Griffith de El nacimiento de una nación o Intolerancia); y que con la aparición del sonido vivió una consolidación definitiva de la mano de los ya citados Ford, Capra, Wyler, Hawks, Curtiz o DeMille, pero también de maestros como Raoul Walsh (Murieron con las botas puestas), George Cukor (Historias de Filadelfia) o, algo más tarde, Anthony Mann (Colorado Jim), entre otros. Junto a ellos, los Welles, Hitchcock, Wilder, Mankiewicz, Huston y compañía alimentaron en buena parte ese estilo colectivo del periodo clásico y engrosaron la lista de referentes para las futuras generaciones, aunque todos ellos poseen suficientes variables en su expresión como para plantearse desmarcar ciertas tendencias en su obra del clasicismo formal más genuino.

El valor de los clásicos

Una vez desarrollados los valores (rigurosos) por los que podría aplicarse, a nivel general, el calificativo “clásico” a una manifestación cinematográfica, parece éste un buen momento para rescatar la capacidad que permite a la palabra ajustarse a cuantas subdivisiones puedan hacerse de un arte. Las aplicaciones prácticas de clásico pueden acomodar el término a medidas suscitadas por criterios de todo tipo, desde el género o el formato, a periodizaciones a pequeña escala o (por qué no) a escala global.

De esta manera, puede hablarse de la existencia de clásicos de la animación (Blancanieves y los siete enanitos), del terror (La semilla del diablo), de la ciencia ficción (Blade Runner); de clásicos modernos (El Padrino), de clásicos de los setenta (Tiburón) o de los ochenta (Indiana Jones). Incluso, la extensión semántica del concepto permitiría vincularlo a exponentes vanguardistas cuando estos establecen una norma o repercuten de manera importante en las dinámicas del arte o en la memoria del espectador, pese a que, paradójicamente, la vanguardia adquiere buena parte de su sentido en la ruptura con lo establecido, es decir, con lo clásico.

Por la misma regla, se entendería una categoría de clásicos del cine, una distinción abierta a centenares de títulos y autores de todos los tiempos, regiones y corrientes (es fácil abrir una lista de ejemplos que lo ilustren, pero es muy difícil cerrarla) y que, aquí, ya no implicaría de manera exclusiva el clasicismo cinematográfico.

Llegados a este punto, uno puede plantearse la diferencia entre “lo clásico” y “el clásico”, entre lo que implica “ser clásico” o “ser un clásico”. Lo primero encuentra su lugar en ciertas razones objetivas definidas por propiedades de cariz histórico, estilístico o cualitativo concretas; mientras que es posible entender lo segundo de manera más abierta, como una condición que adquiere la obra de arte cuando representa una manifestación perfecta y paradigmática según el juicio colectivo o personal.

“El clásico” recupera entonces, como expresión definitiva, esa naturaleza referencial, estable y permanente que tan bien define a “lo clásico”, porque no muere. Se convierte en una fuente a la que se regresa constantemente, en algo que despierta y predispone el espíritu para la experiencia artística en su sentido más elevado: ese proceso por el cual el hombre accede, a través de la obra de arte, a la manifestación del mundo y de la realidad, a lo trascendente, a la belleza, a la idea eterna e inagotable, a la verdad.

Firma: Juan Xipell

Bibliografía:

BAZIN, André; ¿Qué es el cine?; Rialp; Madrid 2001
BORDWELL, David, STEIGER, Janet, THOMPSON, Kristin; El cine clásico de Hollywood; Editorial Paidós; Barcelona 1997
CALVINO, Italo; Por qué leer los clásicos; Siruela; Madrid 2009
CAPARRÓS LERA, José María; 100 grandes directores de cine; Alianza editorial; Madrid 1995
HUNTER, Alan; Los clásicos del cine; Alianza editorial; Madrid 2001
POLLITT, J.J.; Arte y experiencia en la Grecia Clásica; Xarait Libros; Madrid 1984
ZUBIAUR CARREÑO, Francisco Javier; Historia del cine y de otros medios audiovisuales; Eunsa; Pamplona 1999