El fenómeno selfie

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Se dice que una imagen vale más que mil palabras pero, en esta era actual, ¿cuántos selfies cambiaríamos por una verdadera charla con los amigos o la familia sobre nuestros viajes, fiestas, actividades o vacaciones? Parece que los dispositivos móviles nos ayudan a compartir “vivencias”, sin embargo no hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que nuestra imagen digital no suele transmitir nuestra realidad interior y que, en demasiadas ocasiones, perdemos la oportunidad de disfrutar en tiempo real lo que vivimos, y lo canjeamos (sin derecho a devolución porque el tiempo no se recupera) por una necesidad, casi irracional, de registrar “ese momento” –que en realidad no estamos viviendo en plenitud– en formato digital.

Este hábito (cuyos precursores fueron esos “pesados”, aspirantes a directores de cine, que no dejaban de grabar con su cámara y cuya sola presencia ya nos molestaba) es un fenómeno que afecta, a nivel mundial, a todas las edades, sexos y estamentos sociales. Su enorme calado y, en especial, sus consecuencias son motivo suficiente para dedicar un tiempo a pensar –en el caso de los especialistas, a estudiar– las causas y los efectos que esta actividad puede tener en las personas y en su entorno social.

Recientemente los medios se han hecho eco de los resultados de un Estudio de la Universidad de Brunel (Londres) en el que se analiza la personalidad de 555 usuarios de Facebook en función de sus actualizaciones de “estado”. Los resultados obtenidos determinan que los usuarios más obsesionados con compartir en las redes sociales imágenes de ellos mismos en múltiples situaciones podrían desarrollar un problema psicológico.

Otra de las conclusiones del estudio es que proyectar la felicidad en una red social esconde escasa confianza en uno mismo. De este modo, se han detectado comportamientos que denotan baja autoestima, como el hecho de compartir constantemente fotos con la pareja, de sus viajes y lugares visitados, con objeto de mostrar a los demás lo “felices” que son. Por otro lado, los usuarios que comparten fotos suyas haciendo deporte, en el gimnasio, exhibiendo su forma física o aptitudes, son los que suelen obtener mayor feedback del resto de usuarios, por lo que la publicación de este tipo de fotos, normalmente, busca ir a la caza del mayor número posible de “Me gusta”. Sin duda, este tipo de prácticas ayuda a desarrollar conductas narcisistas. En este sentido, es más frecuente que las chicas recurran a los típicos posados a cámara poniendo “morritos”, mientras que los chicos se decantan por lucir su musculatura, en cualquier caso ambos suelen hacer uso de retoques fotográficos y filtros antes de publicarlas en sus perfiles.

Es un hecho que los llamados selfies (autofotos) se han popularizado enormemente en los últimos tiempos y quien más quien menos se ha hecho alguno. Muestra de ello es todo el fenómeno que los rodea. Por ejemplo, resulta significativo el hecho de que el monopod (más conocido como palo selfie) sea uno de los productos que más crece en ventas en Amazon.

Las cadenas de televisión también se han apuntado a explotar esta tendencia y muchos son los programas que cada vez más animan a los espectadores, especialmente a los menores, a participar a través de sus redes sociales, proponiendo alguna temática para que la audiencia envíe sus selfies, con el fin de aparecer en pantalla y obtener su “segundo de gloria”.

A priori, ser adepto a esta práctica no debería ser motivo de alarma, aunque no es un hábito deseable, pero cuando esta tendencia roza la adicción habría que detenerse un momento a analizar si las razones de la instantánea van más allá de tener un recuerdo del momento o si, realmente, lo que se busca de forma sistemática es su publicación en redes sociales. Según se ha confirmado, el exceso de exhibición denota la necesidad de llamar la atención, una baja autoestima y la intención de buscar la aceptación de los demás. Sociólogos y psiquiatras coinciden en que la gente exhibe solo lo que quiere mostrar, y se construye, así, una identidad que se pone a consideración de los demás para recibir retroalimentación y ser validada.

El año pasado la Universidad de Ohio realizó otro estudio con 800 hombres de entre 18 y 40 años en el que se aseguraba que los que publican muchos selfies en redes sociales “son más propensos a mostrar signos de psicopatía”, un desorden de personalidad caracterizado por un comportamiento antisocial. Los que publican la foto inmediatamente tras ser tomada, sin recurrir a ningún tipo de filtro o edición previa, son los que muestran mayor tendencia psicópata. Otro estudio, éste realizado por la Universidad Wageningen (Holanda), determinó que hacerse muchos selfies es un síntoma que presentan las personas inseguras, entre otras carencias.

Dejando a un lado los estudios realizados sobre el tema, cabe destacar la falta de criterio que abunda en esta actividad moderna. Para darse cuenta solo hay que ver los numerosos selfies que se realizan en actitudes que pueden resultar perjudiciales para nuestra identidad digital y por tanto, dañar nuestra imagen y ocasionar problemas en el ámbito profesional o familiar. Y es que debe remarcarse la importancia de publicar según qué fotografías ya que, una vez publicadas, no se tiene control sobre ellas, ni sobre la difusión que puedan hacer terceros o, incluso, los posibles montajes que con nuestras fotos pueden realizarse con objeto de burla (son muchos los casos que terminan por hacerse virales).

Otro aspecto preocupante, es la peligrosidad que algunos están dispuestos a asumir para hacerse el selfie más arriesgado u original, ocasionando accidentes (lamentablemente son noticia algunos de estos “vídeo-selfies” tomados al volante en actitud temeraria). Pero, más allá del riesgo asumido de forma voluntaria, está el que supone estar absortos con la pantalla y abstraídos del entorno (no son pocos los tropezones, caídas e incidentes varios por estar más pendientes de la pantalla del móvil que de lo que nos rodea).

De hecho, sin duda, el selfie revela un problema mas profundo: esa tendencia a ver y capturar mi “yo” en la realidad nos la acaba haciendo opaca. Es decir, dejamos de mirar a nuestro entorno –espacios, personas, paisajes– para centrarnos en nosotros mismos. Y con eso, nos perdemos muchos más momentos de felicidad y aprendizaje.

Firma: Álex Estébanez


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