Enganchados

Menores y pantallas. En busca de una solución.

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Un estudio efectuado en los EE.UU. revela que el 59% de los padres están preocupados por la adicción de sus hijos a los móviles y que la mitad de los jóvenes chequean sus dispositivos al menos una vez cada hora, pues se sienten presionados si no pueden responder inmediatamente a los mensajes que les mandan. YEl estudio también indica que los niños estadounidenses de entre ocho a doce años pasan casi seis horas al día usando los medios de comunicación, mientras que los que están entre trece y dieciocho años pasan casi nueve.

Principalmente, estas adicciones vienen motivadas tanto por los videojuegos como por las redes sociales y las comunicaciones online. En realidad, se trata de estar conectados –aunque sea sin un propósito claro– por el miedo a perderse algo: FOMO (Fear of Missing Out).

En España, la tendencia es igualmente alarmante y la preocupación se debe sobre todo a que dicha adicción a las pantallas está causando conflictos cotidianos en los hogares, que afectan a las relaciones familiares. Por ejemplo, han aumentado las discusiones y las mentiras sobre el uso del móvil, mientras que el niño se aísla socialmente.

Además, esta inquietud se hace extensible a los profesores y al entorno educativo, ya que supone un foco de distracción que influye negativamente en el rendimiento escolar. Hace tiempo que los docentes observan, en las aulas, el paulatino deterioro de la riqueza en la expresión oral y escrita. En gran parte, este empobrecimiento está ocasionado por el lenguaje simplificado que se emplea en los servicios de mensajería instantánea y en las redes sociales y que los menores asumen como algo estandarizado y aplicable en cualquier ámbito y contexto.

Por otro lado, la multitarea (o ejecución de dos o más actividades al mismo tiempo) puede obstaculizar la capacidad de formar recuerdos. Pero también, en el caso de la multitarea con elemento digital, se ha comprobado que dificulta una completa interacción humana y hace más difícil desarrollar empatía hacia los demás.

En 2007 los expertos desaconsejaban dar un móvil a los hijos antes de los quince o dieciséis años

Es un hecho que el cerebro sigue desarrollándose hasta pasados los 24 años. Por eso, durante esos años de inmadurez cerebral, el adolescente busca sensaciones fuertes o novedosas, que provocan un comportamiento compulsivo. A este factor se suma el uso masivo que hacen de las tecnologías y pantallas. Esa mezcla está ocasionando que algunos menores presenten síntomas de falta de autoestima y carencias afectivas; que se sientan aislados y que tengan problemas entre sus iguales, fobias, trastornos e inseguridad.

Pero, ¿cómo detectar ese uso masivo? A través del llamado “síndrome de abstinencia”, que da muestras de tensión, ansiedad o depresión cuando el adolescente no tiene el móvil a mano. Estos menores adictos necesitan dedicar a esos dispositivos cada vez más tiempo, así como disponer de un equipamiento progresivamente más sofisticado. También pierden la noción del tiempo (lo que para ellos se percibe como un rato corto puede prolongarse durante horas), lo que provoca que dejen de realizar otras actividades, incluso dejan de dormir o comer para dedicar toda su atención a las pantallas.

Otro hecho innegable es que la edad de iniciación es cada vez más temprana, por lo que problemáticas propias de los adolescentes se están trasladando a los niños con apenas siete años. Recientemente, en el Reino Unido, se hacían eco de casos de ciberbullying y sexting ya a estas edades, mientras que la OMS ha advertido de que España lidera los casos de ciberacoso infantil.

(..) el problema seguirá creciendo si los adultos no empezamos a evaluar nuestras rutinas

Echando la vista atrás, en 2007 los expertos desaconsejaban dar un móvil a los hijos antes de los quince o dieciséis años. Sin embargo, en el escenario actual, está claro que la solución no pasa solamente por la prohibición, sino sobre todo por la prevención, la formación y el acompañamiento en el uso responsable de la tecnología, así como por una mayor implicación del entorno familiar y escolar. En definitiva, se trata de fomentar el diálogo y el aprovechamiento del tiempo de calidad frente a las pantallas. De hecho, la cada vez más temprana edad de iniciación, lejos de ser un problema añadido, debería ser aprovechada como factor determinante a la hora de inculcar buenos hábitos, ya que en la infancia somos mucho más receptivos que en la adolescencia.

No obstante, el problema seguirá creciendo si, primero, los adultos no empezamos a evaluar nuestras rutinas. Muchas veces no somos el ejemplo más indicado, a pesar de que sabemos que nuestra conducta respecto al uso excesivo de las pantallas supone para los más jóvenes un modelo en el que se ven reflejados. De este modo, si miramos más la cara de nuestros alumnos o hijos (y quizá menos nuestras pantallas) entenderemos mejor qué necesitan y cómo ayudarles a hacer de esos instrumentos tecnológicos, precisamente eso, instrumentos eficaces, no fines.

En este sentido, la Asociación de Consumidores de Medios Audiovosuales (TAC) y la Fundación Aprender a mirar viene realizando, desde hace años, una labor continuada en este ámbito, con estudios especializados y trabajo en las aulas con los alumnos. En el último año de nuestro programa de educación hemos implementado unas nuevas encuestas-auditorías con la que se detectan conductas de riesgo. Gracias a estas consultorías, se está poniendo en conocimiento de padres y profesores en qué aspectos se deben incidir más en la educación, a fin de minimizar el abuso de las tecnologías y maximizar su aprovechamiento.

Firma: Álex Estébanez


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