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Cine histórico: la Edad Media en los últimos años

Publicado 12/08/2011

La Historia ha dado siempre mucho juego al cine. Cuando a finales de siglo XIX los hermanos Lumiére inventaron el cinematógrafo, el mundo y el hombre llevaban a sus espaldas un extensísimo bagaje. El cine acababa de nacer, y lo hacía relativamente tarde, mucho más que otras artes y ciencias humanas que llevaban siglos al servicio del hombre y a través de las cuales se había representado y reflejado todo aquello que el cine se había perdido. Sin embargo, el que pronto sería conocido como séptimo arte no vio en ello un tiempo perdido, sino un infinito mar de posibilidades que abría sus puertas a la creatividad de la industria y a su innovadora e impactante capacidad de reproducir la realidad. De esta manera, y sin formar parte, necesariamente, de ella, el cine ha ido reviviendo constantemente la Historia a lo largo de su corta existencia: ha edificado nuevamente las pirámides de Egipto, renovado la épica griega y gobernado Roma junto a los césares; ha combatido en las cruzadas, navegado con Colón y visitado los aposentos de los monarcas del Renacimiento; ha conquistado Europa junto a Napoleón, unificado la Italia romántica y colonizado el Oeste americano. Y todo (y mucho más) lo ha hecho, a su manera, eso sí, en poco más de un siglo. Las pantallas de cine no han dejado nunca de rememorar el pasado, ya sea reconstruyendo episodios pretéritos o a través de la ambientación de sus relatos en los mismos.

Dentro de las divisiones históricas convencionales se encuentra el extenso periodo de tiempo que transcurre entre la caída del Imperio Romano, en el año 476, y el descubrimiento de América en 1492: la Edad Media. Más de mil años que, con frecuencia, han sido menospreciados desde diversos ámbitos y considerados como un espacio de decadencia del hombre a nivel político, social y cultural, y de transición entre dos grandes épocas de esplendor. En un contexto cinematográfico, la Edad Media ha sido objeto de diversas revisiones e interpretaciones que han dado lugar a numerosas películas y a diferentes maneras de tratar el periodo.

En los últimos meses, las carteleras cinematográficas han ofrecido al espectador la oportunidad de reparar en dos nuevos relatos medievales con Caballeros, princesas y otras bestias y la más reciente Templario. Ambas obras distan mucho de suponer una destacada aportación a su género, de hecho, la primera de ellas resulta poco menos que deplorable. Sin embargo, constituyen dos buenos ejemplos del rumbo que han tomado las historias de caballeros en los últimos tiempos, que rompe bastante con la tradicional visión del periodo que ofreció el cine clásico. Obras míticas como Robin de los bosques (1939), El halcón y la flecha (1950), Ivanhoe (1952), Los vikingos (1958) o El Cid (1961) mostraron una Edad Media idealizada, colorista, brillante y al servicio de una épica muy romántica. Grandes títulos a los que, sin embargo, no se les puede dejar de reprochar, desde un punto de vista estrictamente historiográfico, una importante falta de rigor, que quedó siempre supeditada al espíritu soñador de la era dorada del cine.

Fue a partir de los años 70 y 80 cuando el cine de época comenzó, de un modo general y sistemático, a desmarcarse de esa actitud romántica de los clásicos. En el caso de la Edad Media, sus representaciones cinematográficas comenzaron a buscar diferentes alternativas en su afán de desmitificar, por un lado, y renovar, por otro, la Europa medieval que habían creado los Robert Taylor, Charlton Heston y compañía.

Una de las principales fórmulas utilizadas en este proceso fue la de convertir las producciones del género en relatos verosímiles y realistas (que no necesariamente rigurosos y verídicos) que buscaban una evidente concordancia con el concepto de Edad Media entendida como una etapa decadente y sombría de la Historia. El tono de las tramas, los escenarios y los personajes medievales se fue oscureciendo y la realidad de la época comenzó a presentarse de un modo crudo, degenerado e, incluso, repulsivo y desagradable. En este sentido destacan dos largometrajes de mitad de la década de los 80 que retrataron un mundo medieval lóbrego, corrupto, descarnado y casi salvaje: Los señores del acero (1985), del peligrosísimo Paul Verhoeven, y El nombre de la rosa (1986), la adaptación cinematográfica que Jean-Jacques Annaud elaboró de la novela homónima de Humberto Eco. Ambas terminaron con la sublimación de la época de los honrados y justos caballeros y trataron de un modo explícito e implacable la decadencia y perversión de un periodo histórico marcado por una desajustadísima sociedad estamental cruelmente dominada por la Iglesia (uno de los blancos preferidos y, con demasiada frecuencia, exageradamente maltratados del cine de época en los últimos años), el fanatismo religioso y la nobleza.

Verhoeven y Annaud no habían sido, ni mucho menos, los primeros en aplicar en el cine un tono medieval tan recrudecido. Uno de los cineastas más reconocidos de todos los tiempos, Ingmar Bergman, había realizado a finales de los 50 e inicios de los 60 impactantes y devastados retratos de la época en sus excelentes tratados existencialistas El manantial de la doncella y, muy especialmente, El séptimo sello, en la que se presentaba una Suecia asolada y podrida por la peste, la enfermedad y el vacío moral del hombre, una estampa que puede guardar cierto paralelismo con las más modernas muestras cinematográficas contextualizadas en la Edad Media. Éstas, en pocas ocasiones a lo largo de los últimos treinta años, han dejado de presentar un medioevo oscuro, decadente y alejado de la idealización clásica, por lo menos en las revisiones que pretenden aportar dosis de autenticidad y rigor a sus historias, algo que se ha aplicado, con mayor o menor acierto, incluso en grandes superproducciones de evidente carácter comercial.

Sin embargo, este trato sombrío y pretendidamente cercano a la realidad de las obras medievales más actuales comparte protagonismo cinematográfico con otra de las tendencias más importantes del cine histórico-medieval de los últimos años: una sobrenaturalización de la época. Ambos tratamientos parecen resultar opuestos entre sí, y en cierto modo lo son, aunque cabe destacar que los dos comparten y provienen de una misma concepción oscurantista del periodo, que ha derivado, en el segundo caso, hacia una noción mística, legendaria y fantástica. De esta forma, en las últimas décadas han aparecido en las interminables listas de subgéneros de los diferentes modos de ficción (cine, literatura…e, incluso, videojuegos), conceptos como “fantasía medieval” o “espada y brujería”. Así surgieron obras más que aceptables como Lady Halcón (1985), Willow (1988) o Dragonheart (1986), y otras de una calidad algo más cuestionable como Dragones y mazmorras (2000) o En Tiempo de brujas (2011), films que incluían en su particular revisión del contexto medieval una serie de elementos, tramas, personajes y criaturas extraordinarias tales como brujas, magia, hechizos, maldiciones, dragones y otro tipo de seres mitológicos. Sin embargo, si alguna película sobresale en este ámbito es el Excalibur de John Boorman, de 1981, una espectacular, tenebrosa y teatral adaptación a la gran pantalla de las narraciones del rey Arturo repleta de magia, imaginación y fantasía.

Precisamente el ciclo artúrico ha sido un tema muy recurrido a lo largo de la historia del séptimo arte. Además de algunas versiones clásicas, en los últimos años, después de la citada Excalibur, el cine ha acudido a este personaje histórico mitificado por la leyenda y por diversos autores literarios (entre los que destaca Thomas Malory con La muerte de Arturo, del siglo XV) otorgándole los rasgos de Sean Connery en la insípida El primer caballero (1995) y, más tarde, de Clive Owen en El rey Arturo (2004). La primera centra su argumento en el triángulo amoroso Arturo-Ginebra-Lancelot y lo ambienta, algo pocas veces visto en el cine histórico-medieval moderno, en un idílico contexto ciertamente dotado de una perspectiva muy romántica. La segunda propone rescatar, de manera poco afortunada, los orígenes históricos del mito en el ocaso del Imperio Romano. Ninguna de las dos versiones ofrece demasiado, más allá de contribuir, junto a Excalibur y al imaginario popular, a convertir a Arturo en el héroe medieval moderno por excelencia, con el permiso, eso sí, de Robin Hood en sus diferentes versiones más actuales (Robin Hood, el magnífico de 1991; Robin Hood, príncipe de los ladrones, también del 91; o Robin Hood a secas, del año 2010), todas ellas muy alejadas del clásico protagonizado por Errol Flynn e, igual que las historias de Arturo, a caballo entre la leyenda y el personaje real.

Pero si se habla de épica medieval reciente hay dos títulos que se convierten en imprescindibles. Dos películas de intenciones epopéyicas cargadas de la grandilocuente épica moderna del espectáculo, de los efectos técnicos, de las colosales batallas, de los miles de extras, de la violencia brutal y de los discursos motivadores. Se trata de Braveheart (1995), de Mel Gibson, y de El reino de los cielos (2005), de Ridley Scott. Ambos largometrajes poseen un extraordinario sentido del entretenimiento al cual subordinan una realidad histórica amoldada a su gusto, al más puro estilo clásico. Sin embargo, mientras el film de Gibson parece realizar esta tarea con naturalidad y sin mayores pretensiones, a Scott se le ve demasiado obstinado en redibujar la Historia y elaborar reflexiones muy simples en torno a los procesos y temáticas reflejadas en su particular Cruzada. Aun así, pero sin llegar al nivel de Braveheart, funciona perfectamente como espectáculo.

Cabe destacar, para terminar este repaso a las directrices seguidas en los últimos tiempos por la industria cinematográfica en sus diversos intentos de recrear la Edad Media, las corrientes tomadas por ciertos sectores del oficio que han apostado por la parodia y modernización del medievo. Generalmente, se puede decir, lo han realizado de forma bastante lamentable. Es posible encontrar referentes destacados que han sabido exprimir con inteligencia las posibilidades cómicas y satíricas de los tópicos del género como en su día demostraron La princesa prometida (1987) o Shrek (2001). Pero el cine, especialmente Hollywood, parece querer tirar de la broma fácil y recurrir a la grosería y vulgaridad para maltratar al cine, a la época y al espectador con títulos como la tristísima El caballero negro (2001) o la ya citada Caballeros, princesas y otras bestias (2011). En una parecida línea cómica, algo más respetable y trabajada, está Destino de caballero (2001), una especie de Ivanhoe modernizado a ritmo de Queen que termina enterrando sus dosis de originalidad bajo la chabacanería de unos personajes que parecen salidos de un estadio de fútbol.

Finalmente y, de momento de forma muy anecdótica, es posible incluir dentro de la modernización del género medieval su contacto con la ciencia ficción tal y como realizara de forma muy inocente Richard Donner en la olvidada Timeline (2003), inspirada en una novela de Michael Crichton, o Howard McCain en Outlander (2008). Unas opciones poco atractivas al público sobre una época que, aunque no siempre lo ha demostrado, da mucho más de sí. De momento, tal y como se ha comentado al inicio de este artículo, las muestras fílmicas más recientes e inmediatas no le auguran un futuro demasiado prometedor. Ya se verá qué acaba dictando el cine.

Firma: Juan Xipell

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