El imaginario de Tim Burton

Parecía que Avatar iba a monopolizar el terreno de los efectos especiales y la fantasía. Y ni siquiera el costoso remake de Furia de titanes, tan plagado de trucos por ordenador, ha podido equipararse a la superproducción de James Cameron. Sin embargo, entre tanto alien y astronauta, dioses y monstruos, medusas y na’vi, Tim Burton todavía conservaba una película en el tintero: la recién estrenada Alicia en el país de las maravillas, una obra que no dispone de la milimétrica calidad visual de que goza Avatar –tampoco lo pretende–, ni incluye las pinceladas de imaginación y creatividad que ha mostrado Burton en anteriores propuestas. Pero está claro que en el campo de la fantasía y el color supera con creces al imaginario extraterrestre y futurista de Cameron.

Por este motivo, creo que merece la pena detenerse ante la trayectoria de Tim
Burton, identificando los rasgos que definen sus peculiares películas.

Nacido en la California de 1958, el excéntrico director se ha erigido, además, como un guionista y diseñador de éxito, con películas que nos trasladan a un mundo de imaginación desbordante, del que percibimos ciertos elementos góticos y oscuros, y donde el protagonista suele ser alguien bellamente enigmático.

Este particular sello de identidad se hace muy patente en dos películas que lo catapultaron al éxito internacional. La primera, una adaptación del solitario justiciero Batman (1989), que contó con muy buenas interpretaciones que se vieron envueltas bajo una estética gótica muy bien ornamentada, de la cuál se sirvieron posteriormente los dibujantes de cómics. La segunda, Pesadilla antes de navidad (1993), en un principio fue concebida como un poema acompañado de imágenes que iba a convertirse en relato infantil, pero tras detectar el potencial que emanaba, devino un genial largometraje animado.

Figurillas de plastilina en movimiento sobre extraños y siniestros decorados configuran esta gran proeza de Tim Burton, rodada mediante la longeva técnica del stop-motion, que antaño fue empleada para dar vida a los monstruitos de Ray Harryhausen. Esta vez, sin embargo, sirvió para animar a una serie de caricaturescos personajes, que se alejan mucho del género épico en el que situamos a Harryhausen. Por otra parte, cabe mencionar que Burton no dirigió esta película, dado que el rodaje de la secuela de Batman le robaba mucho tiempo. Aún así, es él y no a Henry Selick –el director sustituto– a quien atribuimos la mayor parte de la gloria, pues esta Pesadilla navideña es quizá la obra clave para definir la idiosincrasia de Burton. Una obra, por cierto, con la que ha recalcado su fama a nivel mundial.

Pero remontémonos ahora a finales de los años 80, para rescatar Bitelchús, aquella delirante película con la que Burton adquirió relevancia dentro del panorama cinematográfico, con una historia imaginativa a la vez que divertida que le valió su primer Óscar en la categoría de “Mejor Maquillaje”. De dicha cinta destacan unos efectos especiales excelentes para la época, tan fantasmagóricamente alocados, el diseño de los decorados –que dejan entrever los cimientos de su extraña caligrafía visual– y también el papel que interpreta Michael Keaton, de lo más excéntrico, que acaba de redondear el producto.
El que más tarde encarnaría al caballero oscuro, se convirtió así en el primer actor fetiche de Tim Burton, aunque no por mucho tiempo. A comienzos de los 90, su puesto fue remplazado por un joven Johnny Depp, a raíz de la deslumbrante actuación que llevó a cabo en Eduardo Manostijeras. Una película que, en su estreno, no fue recibida como se merece, pero que a día de hoy, se considera obra maestra; no sólo de entre todas las propuestas de Burton, también del cine moderno en general. En ella, el particular estilo de este inclasificable director está mucho más patente y se irá repitiendo en posteriores películas, también muy aclamadas por público y crítica, como la intrigante Sleepy Hollow, que fascina por sus logrados efectos de claroscuro; o Big fish, que se aleja de este oscurantismo burtoniano, pero igualmente destaca por sus retorcidos paisajes y decorados.

Por último, al final de su trayectoria, encontramos producciones que tampoco bajan el listón, desde La novia cadáver –que volvió a rescatar el artesanal método de Harryhausen y el espíritu de Pesadilla antes de Navidad– y la azucarada Charlie y la fábrica de chocolate; hasta llegar a un estremecedor musical nuevamente sombrío: Sweeney Todd. En los últimos cinco años, el Sr. Burton ha sabido demostrar que todavía le queda mucho cromatismo que mostrar, como bien percibimos en su primera adaptación de Roald Dahl, y que sigue apostando fuerte por la pincelada oscura, tenebrosa y descabelladamente original que envuelve a los decorados de su prometida de ultratumba, así como a los del “barbero diabólico de la Calle Fleet”.

Con todo, nos encontramos ante un director portentoso, detallista, con una trayectoria de auténticos logros a sus espaldas, que han dejado huella en la historia del cine; de películas a caballo entre el terror y el humor, el miedo y la carcajada, los tonos grisáceos y los pasteles, con las que han disfrutado niños y adultos. Propuestas tan atractivas como enigmáticas, que progresivamente han ido perfilando el original estilo de Burton, y que parecen hechas sobre lienzo, más que sobre celuloide. Películas que se sirven de una extraña y bella composición visual, reflejada mediante puertas y ventanas irregulares, bosques y pasillos en los que uno no se atrevería a entrar, o montañas y árboles que se mueven al compás de la música. Todo ello nos deleita con inigualable poderío visual, profundizando en el pensamiento e influencias de un “rara avis” director. Un personaje influido por determinados movimientos artísticos, que nos trae ecos del mismísimo expresionismo alemán y, más concretamente, de grandes hitos del cine mudo que lo marcaron de joven, como Nosferatu y El gabinete del Dr. Caligari de Murnau, además de otras cintas del terror más temprano y de la discretita Serie B, por las que el director también mostró gran afición.

En definitiva, lo que importa en cualquier obra del aclamado Tim Burton es lo que concierne a lo irreal, el grado de extremismo que ello pueda alcanzar y –por encima de todo– la implicación del espectador ante lo que está viendo, como si en una oscura galería de arte se encontrara.

Firma: Carles Martínez


Leave a Reply