El internado. Misterio decafeinado

El internado La laguna negra, situado en un lugar apartado del mundo, es un colegio de élite en el que el misterio convive con el drama, el suspense y la intriga. El bosque que le rodea esconde inconfesables secretos, pero también las personas que viven en La laguna negra mienten sobre su pasado y su presente, sobre quiénes fueron y quiénes son, sobre sus sentimientos e inquietudes. En definitiva, un misterio lleva a otro y es difícil saber lo que deparará el futuro.

La trama

El internado posee un trabajo de guión poco frecuente en la pequeña pantalla. No hace falta recordar que la ficción española ha exprimido historias costumbristas hasta la saciedad (Los Serrano), ha abusado de las vidas profesionales (Hospital Central) y el género de la comedia se estira como un chicle (Aída).

En esta ocasión, se trata de una serie de misterio que mezcla el drama con el suspense y que incorpora algún elemento más cinematográfico a sus tramas. Es, sin duda, un paso más en la ficción que no llega a culminar en una gran producción, pero que apunta maneras y se diferencia de las otras ofertas. Quizá un exceso de tramas y una ambición desmesurada por complicar el argumento lleva a los guionistas a cometer errores, como forzar las situaciones y algunos desenlaces.

De hecho, en esta segunda temporada, se ha notado la necesidad de acudir a historias ocultas en el pasado de los protagonistas para extender la serie. Lo cual, inunda al espectador de una sensación de incredulidad que, en muchas ocasiones, ahuyenta a la audiencia. El resultado ha sido un descenso considerable de la misma: de 4.629.000 espectadores (máximo en su primera temporada), a 3.552.000 (máximo en la segunda).

La serie, además, posee un trasfondo de folletín o culebrón -por el cúmulo de desgracias inverosímiles y de entramados amorosos y afectivos sin coherencia-. La trama de misterio -una mezcla entre thriller y terror clásico en caserón grande, apartado y siempre inundado de espectaculares tormentas nocturnas- se sostiene por la buena factura técnica que juega con todos esos tópicos del género bastante bien manejados y adaptados al relato televisivo.

No es de extrañar, que sea un producto que atraiga al público adolescente, un verdadero fan del suspense y misterio, además de por la estrategia -tan utilizada en las series de producción propia- de perfilar un elenco de personajes de todas las edades para abarcar un target cuanto más amplio mejor en edad y clase social. Sin embargo, está claro que la serie ha hecho mella en el público “teen”, como demuestran los datos de audiencia y la publicidad que se inserta en las pausas.

Como se acaba de apuntar, cualquier serie que busque la audiencia masiva incluye en sus tramas un gran abanico de personajes con los que se puedan identificar los niños, los adolescentes, los jóvenes y los adultos. Si se tiene en cuenta a la tercera edad o a los más pequeños es por un motivo puramente comercial. De hecho, se anuncia como una serie familiar, lo cual no es cierto si se indaga un poco en el argumento. Y de la misma forma que no toda la animación es infantil, no todas las series en las que actúen menores son familiares. A lo que se añade el agravante de utilizar a los menores en escenas y diálogos nada propios de su edad. Un error demasiado frecuente en la ficción española.

Personajes e interpretación

Si bien es cierto que la interpretación de los protagonistas es muy buena en el caso de los actores y actrices adultos, con una dicción y ese saber hacer que da la experiencia, no lo es menos que la mayoría de actores jóvenes restan verismo al relato por su falta de naturalidad. Uno de los papeles más destacados, artísticamente hablando, es el de Amparo Baró (Jacinta) que, seguramente, es la que le otorga el valor positivo a esta producción de Videomedia poseedora de una calidad interpretativa demasiado variable. Frente a esta profesional indiscutible del teatro, del cine y de la televisión, existen actuaciones tan flojas como la de Marta Torné (María) o la del inexpresivo Martín Rivas (Marcos).

Por su parte, el grupo del profesorado debería poner en pie a todo el colectivo ya que en La laguna Negra se piensa más en los conflictos sentimentales que en dar una educación adecuada a los alumnos.

En lo que respecta al mensaje de El internado, todo es confuso y parece que impera más el género que una historia coherente. Es decir, cada capítulo, cada desarrollo de tramas y subtramas y personajes, responde más a la idea de atrapar al espectador que de contar algo de fondo con pies y cabeza. Y claro, con esa obsesión entre ceja y ceja, surgen unas historias que vistas con un punto de seriedad sí que asustan: los alumnos, como suele ser habitual, además de lucir piernas (ellas, al estilo Rebelde), y pectorales (ellos, en los lavabos escolares), no estudian casi nunca; los profesores son una plantilla que sí que es digna de estudio: un supuesto psicópata que humilla en público o privado a los alumnos y de quien se sospecha que hizo desaparecer a una alumna hace años, un bonachón que se acuesta con su novia sin estar enamorado, una estirada directora de colegio embarazada de gemelos y que no sabe quién es el padre; familias rotas por todo tipo de desgracias (hermanos huérfanos, hijastras liadas con sus padrastros, hermanos gemelos desaparecidos, padres encarcelados, hijas abandonadas que no perdonan y luego mueren en accidentes trágicos…).

Conclusión

Como nota de apunte a lo anterior, una de las protagonistas le espeta a otra “Te lo juro por mi madre, aunque sea una zorra”. Así que entre “zorras”, encarcelados, monstruos, difuntos y demás especímenes no sería extraño, sino más bien lo normal, que los alumnos necesitaran una ayuda y tratamiento más profesional y humano del que reciben de sus profesores. Tampoco brillan especialmente, ni entre alumnos ni adultos, valores como la amistad, la familia, la honestidad, la sinceridad o el respeto intergeneracional. El cúmulo de tragedias y el desorden afectivo que reina en la serie hacen de contrapeso a la calidad técnica y formal de un producto novedoso entre tanto jamón, cerveza y barrio costumbrista que abunda en televisión.


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