El negocio del crimen

Desde hace unos años, probablemente desde que C.S.I. (2000) empezó a triunfar entre la audiencia estadounidense, las series de crímenes han proliferado hasta límites increíbles. Pero la credibilidad, en el universo audiovisual, depende de la presentación coherente de los hechos y de unos personajes convincentes. En la ficción todo es posible y, mientras el espectador se sumerge con todos sus sentidos en un mundo surrealista, los guionistas cargan las plumas y van dando vueltas a una rosca que parece no tener fin.

Como ejemplo puede ser ilustrativo enumerar la cantidad de series forenses que se han emitido en 2009, con mayor o menor éxito, en nuestra pequeña pantalla. En primer lugar las que proceden de la industria americana, empezando por C.S.I. y sus delegaciones en Miami y Nueva York, Life, Sin rastro, Mentes criminales, El mentalista, Bones, Caso abierto, La hora 11 y acabando, quizá, por las que se programan en un horario menos afortunado como Numb3rs, Navy Investigación Criminal, JAG: Alerta roja o Crossing Jordan.

Entre la ficción española, ha tenido buena acogida entre la crítica el spin off de Desaparecida, Unidad Central Operativa, pero ninguna otra serie aborda el crimen de la forma que lo hacen las series americanas.

Un capítulo aparte merecería el estudio de Los hombres de Paco. Una producción de Globomedia que, iniciando su andadura en 2005, ha evolucionado hasta incorporar en sus absurdas tramas policíacas recursos narrativos de series americanas tan aclamadas como 24. En los últimos episodios, emitidos en junio de 2009, esta ficción innova con el uso de la multipantalla y la cuenta atrás. Sin embargo, como parte de la idiosincrasia de esta serie, estas aplicaciones se llevan a cabo con el toque irónico y burlesco que le es propio.

No obstante, lejos de menoscabar la calidad de la serie, estas estrategias refuerzan la idea creativa de sus guionistas, aunque su aplicación pueda llevar a efectos muy diversos en los espectadores. Seguramente, quien esté algo ducho en materia cinematográfica o simplemente vea la serie de forma prudente, desde la perspectiva que da el saber alejarse emocionalmente, valorará el lado cómico y mimético de la utilización de estos recursos y su propósito de transmitir angustia, acción trepidante, renovación visual y otras consecuencias. Por otro lado, el espectador que se zambulle emocionalmente en las tramas, sufrirá con intensidad los efectos buscados con dichas herramientas.

Llegado a este punto, cabe resaltar la importancia de ver la televisión desde el sofá de casa, es decir, manteniendo las distancias; la televisión está allí y yo aquí. Es necesario que el espectador sea capaz de salvaguardar en cierto modo sus emociones, no involucrarse al cien por cien en lo que está viendo. Y esto no sólo es válido y útil en la ficción, sino que cobra más interés cuando se ve el telediario o se consume publicidad, por no citar los espacios dedicados a los cotilleos, a las rencillas y rumores varios.

En el caso de la ficción que nos ocupa, no es sólo interesante saber tomar la distancia adecuada, sino que se convierte en una necesidad perentoria. Los crímenes más sanguinarios se llevan a cabo bajo el amparo de un guión cinematográfico y, si el público consume estos productos al ritmo propuesto por la pequeña pantalla, la insensibilización al dolor, al horror, a la sangre y al crimen llega de forma pausada, pero constante y demoledora.

El lenguaje visual permite ofrecer escenarios mortuorios mucho más impactantes que el lenguaje escrito. Por norma general, cuando en una novela se lee un pasaje en el que se describe la escena de un crimen, a la vez que se intercalan los sentimientos que produce en el protagonista, el lector, que mantiene aplicados todos sus sentidos a esa imagen gráfica que su cerebro le relata/dicta, padece con mayor o menor intensidad lo mismo que el protagonista y lo hace de forma progresiva, a medida que avanza en el relato, pudiendo dejarlo en cuanto lo considere oportuno.

El escenario visual de la pantalla, nos llega de golpe, sin preparación previa. El espectador en pocos instantes tiene una imagen mental que debe descifrar: un cadáver, ensangrentado, al que le puede faltar algún órgano o que puede haber sufrido agresiones sexuales… todo un universo de horrores que, en un escaso lapso de tiempo, debemos asimilar. Seguramente, ni siquiera somos conscientes de todo lo que nuestro cerebro ha captado de la escena del crimen. Pero la imagen ahí está, grabada en nuestra retina.

A medida que el capítulo avanza, se pueden ver autopsias, órganos en descomposición, balas que atraviesan el corazón, recreaciones del asesinato, agresiones y un largo etcétera de secuencias, cuya crudeza dependerá del estilo de la serie que estemos viendo.

El decorado, los personajes, el humor, las luces y la música lo harán todo más suave, más sugestivo, más emocional y menos racional. De esta forma, cuando todas nuestros afectos han entrado en juego, las pruebas, las investigaciones y los interrogatorios llevan a descubrir al asesino. Normalmente es un personaje que ha salido tan sólo unos minutos durante el capítulo, el que menos nos esperábamos, pero no por falta de suspicacia, sino porque no nos han dado las claves para descubrirlo.

En poco tiempo, el culpable pasa a primer plano, confiesa su crimen y sus motivaciones. A nosotros, espectadores enojados con el asesino, agradecidos a los detectives o a la policía por haber dado con el criminal y tranquilos porque se va a hacer justicia, no nos importa si las razones expuestas son suficientes para justificar el crimen cometido. Y en el fondo, no nos importa demasiado, el asesino es apresado y eso es lo que al final nos vale. Una vez más, la razón ha sido desbancada por la emoción.

En general, existe una gran desproporción entre el acto criminal que comete una persona y su fundamento. A poco que el espectador se pare a pensar, no basta un ataque de celos para partir por la mitad con una sierra de jardín a una exnovia, por ejemplo. Pero como se ha dicho antes, una vez el preso está entre rejas ¿qué más dan las razones?

Este hecho se da de frente con la vida real en la que el ser humano gusta de indagar en las motivaciones y los porqués últimos de las cosas. También en la vida real, el sentimiento deja de buscar esas razones y da paso a la acción y, los guionistas, conociendo ese principio natural (de todo hombre) busca conectar con el lado más emocional para que el espectador no indague demasiado en su trabajo, sino que lo contemple y lo disfrute.

El lado positivo de estas producciones es que suelen gozar de una buena factura visual y de unos guiones que, a lo mejor no sorprenden, pero mantienen nuestra atención hasta el final y, sobre todo, ofrecen un desenlace casi siempre exitoso. Es anómalo ver que un asesino se sale con la suya. Por lo general, impera el sentido de la justicia, y el crimen recibe su castigo.

Quizá, el trabajo más importante de estas series es el que se lleva a cabo gracias a/con los personajes principales. Son protagonistas con personalidad propia, con los que el espectador conecta rápidamente y seguirá sus avatares casi con más intensidad que los casos que investiga. Y, por el contrario, si los personajes de primera línea no conectan con el público, la serie está condenada al fracaso.

La conclusión de este artículo no propone al espectador que prescinda de ver estos productos, en especial si nos gusta el género. No obstante, como en muchas otras cosas, la medida y la distancia son la clave para que un rato de ocio se llene de sentido, aporte entretenimiento e, incluso, nos haga disfrutar con historias realmente increíbles. Sin olvidar que cada edad tiene su “tempo” y que no conviene adelantar los acontecimientos. Si se tiene en cuenta que estos productos pueden afectar a la percepción de los adultos ¿qué no harán en un cerebro en pleno desarrollo? Pero esto ya es un tema para tratar en otra ocasión.

Firma: Mar Pons


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