Los piratas en el cine

El regreso de Jack Sparrow y el reciente debut en la interpretación de Pilar Rubio recuperan para la ficción una figura casi olvidada por los autores y guionistas de la literatura y el cine, pero indudablemente presente en la memoria colectiva: el pirata. Y es que cualquier persona sería capaz de enumerar los rasgos que caracterizarían a un buen bucanero, y todo el mundo guarda en su imaginario el referente de algún capitán de barco que condensa  todos esos atributos, llámese Garfio, Blood, Silver, Sparrow o Barbanegra. Las historias de piratas han formado parte del entretenimiento popular desde su nacimiento, han creado leyendas y estereotipos, encumbrado a escritores, atrapado a miles de lectores y elevado a la categoría de mitos a intérpretes de cine.

El gran momento de este tipo de relatos llegó a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando las novelas juveniles y de aventuras se llenaron de intrépidos corsarios y temibles marineros salidos de las plumas de Stevenson, Salgari, Verne, Cooper o Sabatini. El joven Hollywood no tardó en percatarse del éxito y las posibilidades de tales personajes y los acogió con los brazos abiertos hacia los años veinte. Desde entonces, el cine se hizo con el timón del barco y monopolizó, prácticamente, las ficciones más importantes sobre piratería durante décadas hasta llegar, con mucho esfuerzo, a nuestros días. Poco queda, sin embargo, del espíritu de aquellas producciones clásicas en las modernas muestras de un género que sobrevive, únicamente, en las estanterías de los cinéfilos más nostálgicos y en periódicas reposiciones en televisión, aunque Disney y Telecinco quieran hacernos creer lo contrario.

El cine de piratas nació como una variante de las tradicionales aventuras de capa y espada. Como se ha mencionado, el séptimo arte acudió a la literatura en busca de inspiración. En Italia la encontraron fácilmente en su admirado Emilio Salgari (a quien empezaron a adaptar en los años cincuenta) mientras que, por su parte, Hollywood encontró historias entre los textos de otro novelista transalpino, Rafael Sabatini. De esta manera, las primeras andanzas marítimas de corsarios en la meca del cine fueron adaptaciones mudas del autor europeo como El capitán Blood (Captain Blood, 1924) o El gavilán de los mares (The sea hawk, 1924), ambas recuperadas años después por el prolífico tándem formado por Errol Flynn y Michael Curtiz. Sin embargo, por aquellos días, el tiempo de Flynn como emblemático héroe romántico todavía no había llegado.

Ese era un territorio reservado para Douglas Fairbanks, que gracias a sus creaciones en La marca del Zorro, Los tres mosqueteros, Robin de los bosques o El ladrón de Bagdad había interpretado a casi todos los aventureros y espadachines habidos y por haber. No es de extrañar, pues, que los estudios americanos y el director Albert Parker se fijaran en su poderosa figura para dar vida al Duque de Arnoldo en El pirata negro (The black pirate, 1926), la historia de un joven noble que se infiltra entre una temida y cruel banda de bucaneros para vengar la muerte de su padre. El film, uno de los primeros rodados en Technicolor, no sólo consagró a Fairbanks en su condición de galán indiscutible de la capa y espada, sino que estableció unas bases en el cine de piratas que perdurarían durante mucho tiempo: abordajes llenos de acción, ingenio y humor; aceleradas y nobles coreografías de esgrima; un héroe con bondadoso corazón obligado a hacerse a la mar y a convivir con despiadados piratas; la joven aristócrata secuestrada; constantes exhibiciones atléticas entre los mástiles, velas y cabos de los navíos; inconfundibles y llamativos vestuarios con propensión a dejar descubierto el pecho del protagonista; y, sobre todo, una pasión por la aventura con aroma clásico en su sentido más puro y sencillo. La utilización del primitivo pero sugerente color auguró la explosión de cromatismo que inundaría, años más tarde, las producciones de época, en general, y las de piratas, en particular.

Los años treinta dotaron de palabra al cine, y con la llegada del sonido aparecieron nuevos rostros y voces que fueron desplazando a los, necesariamente sobreactuados, mitos de la época muda del séptimo arte. En 1935, el joven actor australiano Errol Flynn consiguió su primer papel protagonista en una producción para la Warner Bros, que pretendía encontrar al heredero sonoro de Douglas Fairbanks. El proyecto, encabezado por Michael Curtiz, consistía en un remake de la ya citada película de 1924 El capitán Blood. Desde que Fairbanks descendiera por la vela mayor del barco rasgándola con su cuchillo en 1926, los piratas habían dejado de surcar los mares del cine excepto para llevar a la pantalla la mejor adaptación hasta ahora realizada de la novela de piratería por excelencia, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, con Victor Fleming en la dirección, y Wallace Beery y el recientemente fallecido Jackie Cooper como “Long” John Silver y Jim Hawkins. El resultado de la nueva revisión de El capitán Blood (Captain Blood, 1935) fue un film que ha perdurado como emblema del género hasta nuestros días, y su éxito abrumador supuso el  inicio de una época dorada para las embarcaciones piratas, que en los años siguientes se llenaron de atractivas estrellas dispuestas a demostrar sus habilidades marineras, su destreza con la espada y su atrevimiento al cortejar a enérgicas damas en apuros.

Uno de los primeros en apuntarse fue el siempre espectacular Cecil B. DeMille en 1938 con Corsarios de Florida (The bucaneer), en la que Fredric March compartió cartel con el omnipresente Anthony Quinn, y en 1942 con Piratas del mar Caribe (Reap the wild wind), un relato de bucaneros del siglo XIX, más cercano a las aventuras marítimas contemporáneas que a las directrices marcadas a golpes de acero por el pirata negro y el capitán Peter Blood. Errol Flynn, dispuesto a mantener su recientemente adquirida hegemonía de espadachín, se reunió de nuevo con Curtiz para repetir la fórmula que lo había convertido en un icono de Hollywood en El halcón del mar (The sea hawk, 1940), donde interpretó a un arquetípico y honrado capitán inglés con patente de corso que, aunque celebrado, no alcanzó nunca el carisma de su anterior personaje.

Memorable y paradigmático resultó también El cisne negro (The Black Swan, 1942) de Henry King con un descamisado Tyrone Power en su salsa y agradablemente entregado a los encantos de Maureen O’Hara. Los piratas adquirieron en ella la coloración prometida en la década de los 20 por El pirata negro. Desde entonces, llamativos tonos de una interminable gama de colores tiñeron las ropas, pañuelos y barbas de los corsarios, el mar y las exóticas playas coloniales.

Tras el estreno de El cisne negro (nada que ver, por cierto, con los delirios artísticos de Natalie Portman), el género tomó diversas alternativas e introdujo algunas variaciones antes de llegar a la segunda mitad del siglo XX. Por un lado, directores como Frank Borzage continuaron con historias convencionales herederas de las producciones realizadas hasta entonces con obras como Los piratas del mar Caribe (The Spanish main,1945). Otros decidieron revisar la figura del pirata sustituyendo su estilizada y virtuosa figura romántica por una imagen cruel, ambiciosa y egoísta, sin dejar por ello de presentarla de un modo amable y con ciertas simpatías. En este sentido destaca la ruptura con los Fairbanks, Flynn, Power y compañía de un física y moralmente deslucido Charles Laughton en El capitán Kidd (Captain Kidd, 1945), en la que el gran actor inglés (además de sostener él solo la película cuando no la estaba eclipsando) daba vida a un despiadado y tramposo marinero capaz de quitarse de en medio a cualquiera que amenazara sus más simples posesiones. Finalmente, una tercera vía aprovechó el buen hacer de las historias de piratas entre el público para ambientar, con pinceladas de ironía, algún otro género en aguas y poblaciones infestadas de bucaneros. Fue el caso de la comedia con La princesa y el pirata (The princess and the pirate, 1944), con Bob Hope haciendo de las suyas, y del musical, con El pirata (The pirate, 1948), en la que Vincente Minnelli desplegó un deslumbrante arsenal de medios y recursos al servicio de las voces y cabriolas de Gene Kelly y Judy Garland.

La llegada de los años cincuenta trajo consigo el inicio del declive de los relatos cinematográficos sobre piratas en Hollywood, no sin antes aportar algunas destacadas muestras. Disney  propició otra buena adaptación de La isla del tesoro (The treasure island, 1950) con un “Long” John Silver interpretado por Robert Newton, que repetiría en el género dos años después con otro ilustre villano en El pirata Barbanegra (Blackbeard, the pirate, 1952), en una acertada tentativa de Raoul Walsh de mantener vivo el espíritu clásico de los piratas. Otro que lo intentó fue Errol Flynn, con la edad marcada en el rostro y al más puro estilo de sus cada vez más lejanos precedentes, aunque sin alcanzar su nivel. La isla de los corsarios (Against all flags ,1952) supuso la despedida de las andanzas marítimas del más legendario espadachín de la meca del cine. Por su parte, Anthony Quinn, eterno secundario entre las tripulaciones de los más diversos navíos de la gran pantalla, probó fortuna en la dirección en 1958 con Los bucaneros (The bucaneer), remake del film de Cecil B. DeMille Corsarios de Florida, en el que había participado. El resultado fue una cinta llamativa en la que colaboraron del propio DeMille en la producción y un gran reparto con Charlton Heston y Yul Brynner, que sorprendió al mundo cubriendo su apreciadísima calva con una peluca.

Sin embargo, si algún largometraje de esta época merece atención especial, ese es El temible burlón (The crimsom pirate, 1952), de Robert Siodmak, de marcado acento cómico y un tanto satírico, en la que Burt Lancaster y Nick Cravat hicieron gala magistralmente de su pasado circense con un inagotable repertorio de acrobacias y malabarismos. Destaca, también, La mujer pirata (Anne of the Indies, 1952) de Jaques Tourneur, un  film cargado de emoción y color que mezcla perfectamente la aventura y los tormentos del amor, con Jean Peters (de quien podría aprender mucho Pilar Rubio) demostrando que la piratería no es un territorio vetado a las mujeres.

A pesar de la buena calidad de los diversos ejemplos que proporcionaba, el género, cada vez menos apreciado en Norteamérica, decidió emigrar hacia las acogedoras aguas del Mediterráneo a finales de esa misma década para que Ricardo Montalbán y Steeve Reeves lucieran sus vigorosas siluetas en las adaptaciones italianas de las aventuras concebidas por Salgari. Eso sí, antes, Hollywood exportó de la literatura de J.M. Barrie al que probablemente sea el pirata más conocido del universo cinematográfico, el capitán Garfio del Peter Pan (Peter Pan, 1953) de Disney.

Desde Garfio, los piratas se convirtieron en un juego de niños, salvo excepciones como la ya mencionada Los bucaneros o la incursión de Fritz Lang en esta temática con Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955). Así lo anunció Alexander MacKendrick en la extraordinaria y estremecedora Viento en las velas (A high wind in Jamaica, 1965), una especie de muestra crepuscular del cine de piratas en la que una decadente banda de bucaneros comandada por Anthony Quinn y James Coburn se ve obligada a hacerse cargo de un grupo de chiquillos peligrosamente inocentes. Con un tono más amable, los estudios Disney se encargaron de confirmar las palabras de MacKendrick a través del cómico espíritu de Peter “Barbanegra” Ustinov en Mi amigo el fantasma (Blackbeard’s ghost, 1968), antes de que los bucaneros, ya en el registro que fuese, desaparecieran de la pantalla durante la década de los setenta.

Fue Spielberg quien recuperó para el cine a los piratas y, también, su nuevo vínculo con el entretenimiento infantil escribiendo y produciendo Los Goonies (The Goonies, 1985), primero, y dirigiendo, más tarde, una nueva y retocada versión de Peter Pan con Hook, el capitán Garfio (Hook, 1991). También probaron fortuna los teleñecos en La isla del tesoro (Muppet treasure island, 1996), una peculiar adaptación del clásico de Stevenson. Las revisiones más formales de la piratería en esa época fueron, sin embargo, un estrepitoso fracaso tanto de crítica como, especialmente, de taquilla. Polanski dotó de un humor un tanto excéntrico a sus Piratas (Pirates, 1986), cinta incomprendida para algunos e incomprensible para otros, con un gran Walter Matthau enseñando modales al futuro capitán Sparrow. Por su parte Geena Davis rozó el ridículo en su intento de emular a La mujer pirata en la pretenciosa y aburrida La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat island, 1995).

Después de asomar la cabeza en las salas de cine a finales de siglo y ser rechazado sin piedad, el género parecía condenado a navegar por los mares del olvido. Pero llegaron Verbinski, Depp y sus Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra (Pirates of the Caribbean: The curse of the Black Pearl). Y a ella se le han sumado tres secuelas en menos de diez años que han hecho de ésta una de las sagas más rentables de todos los tiempos. Con los films de Disney, los piratas han recibido en sus carnes diversas vueltas de tuerca que han calado en el público. Los piratas han vuelto y, mientras así lo dicte la taquilla, para quedarse. Pero han regresado de un modo particular, a la manera de Jack Sparrow. Poco se parece la figura de este moderno capitán de barco de cuestionable integridad a aquel novelesco espadachín que viajaba con la galantería por bandera. Las simpáticas tripulaciones que antaño navegaban por brillantes océanos en elegantes embarcaciones se ocultan ahora entre una espesa y misteriosa niebla que esconde su aterradora identidad y el color negro de las velas del navío. Las sencillas historias al servicio de la más honesta aventura han derivado en interminables enredos e ilimitadas tramas atiborradas de monstruosas criaturas y mitología fantástica con los nuevos piratas. El ojo de la cámara ha perdido su mirada romántica. Ya no hay capa, aunque haya espada. El Caribe ha cambiado mucho desde que Errol Flynn lo surcara heroicamente en los años 30. Los piratas han regresado, pero el género no.

Firma: Juan Xipell


5 reacciones en “Los piratas en el cine

  1. felicidades x la documentación y todas sus referencias. el cine merece a buenos críticos y documentadoress! grcias x esta historia de piratas!

  2. Estoy de acuerdo, se ha perdido el romanticismo. Ahora hay más efectos especiales pero no el encanto. Gracias por compartirlo.

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