La intimidad se defiende, primero, en casa

En las últimas semanas se ha oído hablar mucho de la privacidad en las aplicaciones de mensajería instantánea. La compra de WhatsApp por parte de Facebook, la red social en la que habitan más de 500 millones de perfiles, ha desatado las alarmas sobre el uso que esta red pueda hacer de los datos de los usuarios. Por ahora, según sus diseñadores, los servicios de esta aplicación no cambiarán y no hay motivos para inquietarse, aunque son pocas las personas que saben qué han aceptado al instalarse la app y que WhatsApp puede modificar las condiciones cuando quiera, siendo el usuario el responsable de revisarlas periódicamente.

Con estas premisas tan volátiles, la solución a este tipo de “alarmas sociales” pasa por aprender y enseñar el concepto de “privacidad”. Un vocablo que define el “derecho y propiedad de la propia intimidad y vida privada”. Pero no sólo la de la propia persona, sino también la de los amigos y familiares, en especial la de los menores. No es extraño ver, en los perfiles o en los contactos en redes sociales, fotografías de menores en diferentes etapas y momentos de su vida, colgadas en un arranque comprensible de felicidad y realización personal. Sin embargo, la imagen de los hijos les pertenece a ellos y a su intimidad, no a sus padres.

De esta forma, si nosotros no pensamos hasta dónde puede llegar la foto familiar que, orgullosamente, hemos colgado en nuestro perfil (que cualquiera puede copiar y reenviar) ¿cómo lo van a hacer nuestros hijos adolescentes? A veces, menos es más y ésta es una de esas veces. Menos información colgada en la red equivale a más seguridad y más privacidad para cada uno de los miembros de una familia o de un grupo.

Por tanto, aunque las empresas, los diseñadores y programadores y los organismos competentes deben proteger, cuidar y defender la privacidad de los usuarios, los primeros en utilizar de forma coherente y adecuada estas herramientas somos nosotros mismos. Y aprovechemos, de paso, para dar ejemplo a las nuevas generaciones que deberán cargar, en el futuro, con una estela indestructible de huellas digitales esparcidas por el incontrolable universo de la red.

Editorial mayo Revista Contraste


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