Los juegos del hambre, a fondo

El Capitolio es la zona privilegiada que gobierna Panem (lo que quedó de Estados Unidos después de una cruenta guerra civil). Cada año, para conmemorar el día de la “paz” y mantener el control sobre los 12 Distritos, se escogen a dos jóvenes –chico y chica- de 12 a 18 años de cada una de las zonas para luchar a muerte en un concurso televisivo, denominado Los juegos del hambre. Katniss Everdeen, experta en caza y trueque, se ofrece voluntaria por el Distrito 12, cuando en el sorteo es elegida su hermana de 12 de años.

Suzanne Collins empezó como guionista televisiva para niños –Clifford, el gran perro rojo, por ejemplo- e hizo una larga incursión en la novela juvenil con la saga Las crónicas de las Tierras Bajas, para poco después, en 2008, publicar Los juegos del hambre, que la ha convertido en la Stephenie Meyer de la acción adolescente en best-sellers. Más de un millón de libros expedidos para dispositivos Kindle hacen de ella la autora más vendida hasta el momento, y también más de 17 millones de ejemplares en papel, sólo en Estados Unidos, no la dejan en mala posición. Con semejantes datos la gran pantalla no espera ser menos.

Para trasladar al cine tan alta expectativa, sobre todo para los más jóvenes entre quienes es ya un fenómeno, está un equipo que ha trabajado conjuntamente con anterioridad (Pleasantville y Seabiscuit, más allá de la leyenda): el productor Robin Bissell y el aquí director y co-guionista Gary Ross. Suzanne Collins, que es también productora, ha participado en el libreto junto a Billy Ray, un solvente escritor en Plan de vuelo: desaparecida o La sombra del poder y también director en El precio de la verdad.

Ross logra algo que es muy importante en la ciencia-ficción: crear una estética escenográfica propia. Con cierta analogía con Pleasantville, se decanta por el uso del color para diferenciar universos, aunque aquí el colorido rococó del Capitolio está en las antípodas de lo que quería representar en su film de 1998. Los excesos en las comidas, la frivolidad de sus vidas y costumbres, la ambigüedad de sus trajes y poses, y el cinismo en su entretenimiento son una fuente de despropósitos que se suman a una arquitectura de características neofascistas, que dejan bien claro dónde están los buenos y dónde los malos. La historia de Collins añade un aspecto, la sectorialización de las industrias por distritos que recuerda, en gran parte, al sistema soviético. Sin embargo, el best-seller de moda no se acerca, para nada, a relatos político-metafóricos tan inspirados como Rebelión en la granja o 1984. A pesar de ello, hay que decir que la película se esfuerza en esto más que el libro, cuando añade intrigas de poder durante la segunda parte; algo que en la novela tan sólo se apunta en las páginas finales.

Los juegos del hambre
configura, así, un relato de épica algo posmoderna o descafeinada. Los protagonistas no buscan la rebelión, sino la supervivencia personal. No hay metas más allá de la propia familia. No hay Resistencia. Se valoran las dotes personales y se subraya el poder hipnótico que tiene el ponerlas en público. Aquí subyace una de las ambigüedades del libro y película: mientras parece que se critica un aspecto, su puesta en escena conduce a provocar cierta fascinación y seducción, sobre todo entre el lector-espectador adolescente. Los 24 jóvenes que entran en el reality exhiben sus habilidades –algo habitual en los talent-shows y series de niños-artistas tan en boga- y se les aplaude por ello. Sin embargo, el problema mayor deriva del objetivo de Los juegos: matar al contrincante. Hay muchos relatos e incluso mitologías que hablan de destrucción y muerte, pero son escasísimas (Battle Royale) las que se dirigen al público joven, incluso preadolescente, con protagonistas menores de edad que se matan unos a otros como trama principal.

Es cierto que tanto el libro como la película evitan lo escabroso –incluso más el film-, pero no deja de ser algo malsano y desolador ver a niños de 12 a 18 años competir con instintos asesinos o morir atravesados por una lanza. Sobre todo, cuando detrás de esa historia tampoco late un viaje heroico, rebelde y compensatorio de semejante cacería.

Algo similar sucede con la omnipresencia de los medios de comunicación y sus vínculos con el poder para ofrecer lo que sería una especie de “pan y circo” romano que adocene al pueblo. Resultan tan verosímiles los vacuos comentaristas del programa (ríen de algo que es tremebundo de por sí, usan palabras cómicas que no encajan con lo que aluden) que dan miedo, al mismo tiempo que también suena familiar y cercano el histriónico presentador a la caza del espectáculo y la carcajada. No obstante, la mentira y el equívoco sentimental que provocan este tipo de programas no se abordan con seriedad y, probablemente, debido a la cantidad de telerrealidad que hemos consumido en estos años, el espectador medio no percibirá la parodia que palpita débilmente en ellos.

Dentro de lo estrictamente cinematográfico, el abandono del relato en primera persona que ofrece el libro (obvio y consecutivo como una retransmisión de reality) enriquece una historia que se cuenta desde Katniss, pero a veces también sin ella. Esta apuesta, hace más madura la película que el libro, cuyo tono de “querido diario” certifica su mínima validez literaria, que sí brilla con fuerza en la Narnia de C.S. Lewis o los magos de J.K. Rowling.

Por su parte, Ross maneja una cámara muy inquieta, que no llega a marear, y sabe sobrevolar con barridos milimétricos los momentos más violentos para no escandalizar a padres y educadores. Crea así, sobre todo en la parte última, una especie de Espartacus o Roma en versión nickleodeon. Notable en la acción pero más previsible en las escenas dramáticas, Los juegos del hambre sería una excelente propuesta media para adolescentes –con trama romántica a tres bandas (simple y tramposa pero eficaz para su público)- si no estuviéramos ante niños gladiadores.

Ser capaz de hacer dos cosas a la vez dicen que sólo es posible para las mujeres, pero hacer dos cosas opuestas al mismo tiempo es bastante inviable. Que Los juegos del hambre fascinan y seducen a tantas personas es obvio y es debido, en parte, a la tensión producida por la lucha a muerte. Que ese argumento provoque rechazo y repulsa de la violencia es algo más complejo de valorar. Lo que está claro es que la historia genera suspense (a pesar de algunos deus ex maquina) y tiene fuerza visual a pesar de una fehaciente falta de hondura.

Firma: Lourdes Domingo