Menores y usuarios

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Es lógico preguntarse cuáles son los intereses, inquietudes o necesidades que tienen los menores ante la avalancha de internet y la omnipresencia de las redes sociales. La respuesta a estas preguntas pasa, lamentablemente en muchas ocasiones, por el “adultocentrismo”. Es decir, los adultos contestamos lo que nos parece, imponemos restricciones y transmitimos el miedo a unas plataformas o herramientas que, en muchos casos, desconocemos o nos parecen peligrosas para su seguridad o educación. En parte, esto se justifica por ser algo nuevo para nosotros, a diferencia de los menores que han nacido ya envueltos en este entorno y lo ven como algo natural. Y, en parte, también tenemos razón, pues los adultos somos capaces de ver más allá y adelantarnos a los riesgos que entraña la red.

Una muestra de que nos gusta más –o cuesta menos esfuerzo– regular que educar es que el debate, que se ha mantenido durante estas fechas en Europa, se ha centrado en si conviene elevar la edad mínima de acceso a redes sociales de trece años a dieciséis años (recordemos que en España se “presume” de ser los más restrictivos, al tener establecida en los catorce años la edad mínima). Finalmente, la aprobación de la nueva Ley de Protección de Datos ha determinado que dejará libertad de decisión a los Estados miembros siempre y cuando se fije entre los trece y los dieciséis años. Esta medida, un tanto absurda, además añade complejidad a la hora de adaptarse a las políticas de cada país en vez de unificar criterios.

En cualquier caso, el acceso a estas redes sociales queda sujeto al consentimiento paterno siempre que se trate de un menor. Sin embargo, al carecer de sistemas de verificación y control eficaces, encontramos un volumen enorme de menores campando a sus anchas, pues simplemente tienen que mentir con su edad en el sistema de registro. Con esto, la regulación tiene nulo efecto en la práctica, al menos hasta la fecha. Veremos si las redes sociales se adaptan al cumplimiento de este aspecto y, en ese caso, cómo lo hacen.

En este ámbito, la Fundación Aprender a Mirar viene proponiendo soluciones técnicas, que existen pero no se están aplicando, a fin de que las diversas plataformas puedan verificar la edad del usuario y disponer así del correspondiente consentimiento paterno cuando se trate de un menor. Todo ello lo realiza la Fundación en el marco del grupo de trabajo público-privado para la protección del menor en internet creado por Red.es.

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Sin duda, los menores tienen la necesidad de relacionarse, comunicarse y socializarse a través del medio con el que han crecido y privarles de ello no soluciona los problemas intrínsecos al medio: publicidad no deseada, perfiles falsos, engaños, usurpación de la identidad, acoso, ciberbullying, etc. Los menores tienen derecho a preguntarse quién decide sobre estas cuestiones y por qué no disponen de espacios que garanticen su seguridad. Y los adultos tenemos el deber de responder con una legislación eficaz, pero también con un procedimiento real en su educación. Más aún cuando sus hábitos de consumo audiovisual se dan principalmente a través de este entorno, incluidos los contenidos televisivos ya que pueden acceder a los programas y series que quieren cuando quieren. Además, para ellos el consumo de vídeos viene ligado a los dispositivos móviles y casi nunca a la pantalla del televisor. Precisamente, diversas iniciativas que han contado con los menores como protagonistas han reflejado que prefieren redes sociales más novedosas como Instagram, que se adaptan a su lenguaje directo a través de imágenes, en detrimento de otras que atribuyen al mundo adulto como Facebook y Twitter. Se comunican mediante mensajería instantánea (aquí la edad mínima teóricamente es de dieciséis años), principalmente a través de Snapchat con los amigos y WhatsApp con su entorno más cercano y familiar.

No obstante, también existen propuestas que van en la línea de cubrir las necesidades de los menores y ofrecerles una experiencia positiva en entornos adaptados y seguros para ellos, como por ejemplo www.banana-connection.com, una red social emergente pensada por y para ellos.

La falta de sensibilización y de un proyecto formativo para menores en el entorno digital provoca que, por ejemplo, haya niños y jóvenes en Instagram dedicados a hackear cuentas como si de un juego se tratase. Y se dan incidentes como el ocurrido con Justin Bieber y una joven alicantina de diecisiete años, al publicar este una foto de la chica en su perfil, con el consiguiente acoso mediático, las Believers insultándola y creando infinidad de perfiles con su imagen para suplantar su identidad. Por su parte, en Snapchat se comparten fotos subidas de tono amparadas en la supuesta privacidad y seguridad del sistema de auto-borrado que, por otro lado, puede ser fácilmente evitado. Se trata de dos ejemplos claros de que una vez se pulsa el botón de “Publicar” o “Enviar” se pierde el control sobre lo que puede ocurrir, y dejamos expuesta nuestra huella digital o la de nuestros amigos y familiares. Estos “accidentes”, que siempre pueden suceder, está claro que se pueden evitar con formación y prevención.


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