Mi selfie y yo

En la pasada edición de los Oscar, la conductora de la gala, Ellen Degeneres, colgó un selfie rodeada de los más cotizados actores del momento. Su impacto no se hizo esperar y, en menos de 50 minutos, ya había obtenido un millón de retuits y, en unas horas, fue la foto más compartida de la historia de Twitter. Unos días más tarde, se supo que la espontánea instantánea formaba parte de una estudiada campaña publicitaria de una marca de móviles.

La repercusión de este hollywoodiense autorretrato provocó, en las horas y días posteriores, que muchas personas anónimas quisieran emular a las estrellas del celuloide. El social media se inundó de miles selfies con composiciones parecidas a la de los Oscar. La saturación fue tal que se creó incluso un hastag para frenarlo: #stopselfie2014. Este fenómeno no es nada nuevo. Con la aparición de los móviles con cámara de fotos y el auge de las redes sociales a finales de la pasada década, esta autofoto se popularizó, sobre todo, entre el público adolescente. Puntualizar que un selfie implica siempre compartirse en las redes, sino se queda como un simple autorretrato para la galería del smartphone.

¿Por qué esta narcisista moda? En las sociedades más colectivistas, las personas se identificaban por pertenecer a un clan o un pueblo. Ahora, en la sociedad individualista, uno necesita llamar la atención del otro para reclamar su identidad en el conjunto de individuos anónimos. Además, se busca la continua aprobación ajena, con la respuesta del otro a través de un Me Gusta, un favorito o un retuit. En este sentido, el selfie se ha convertido en el reflejo tangible de la generación del “yo”, de la vanidad como autoafirmación.

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Del autorretrato artístico al selfie
A lo largo de la historia del arte, el autorretrato ha formado parte de la prolífica producción de los artistas. Muchos pintores, como Velázquez o Rembrandt, reafirmaron su autoría y su yo de este modo. En el Renacimiento y el Barroco, sólo aquellos con una profesión creativa tenían el privilegio de exponerse y autoreivindicarse.

Ahora, el autorretrato se ha democratizado. El artista pop Andy Warhol, con varias series sobre sí mismo, vaticinó este fenómeno con su célebre declaración: “En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos”. Y en cierto modo así es. De una manera efímera, una persona anónima puede ensanchar su orgullo colgando su propia foto en la red y para ser vista por miles de personas. Sea por curiosidad o por voyeurismo, no sólo Justin Bieber genera interés.

Sin embargo, se paga un alto precio. La intimidad se pone a disposición de todos y las grandes plataformas –Google, Facebook, Twitter, Instagram…– utilizan esta información para venderla a las empresas, que pueden conocer así exhaustivamente a su potencial consumidor. Esta exposición íntima de las personas corrientes difiere del recelo de muchos famosos que reclaman su vida privada en los juzgados. Los primeros la infravaloran mostrándola en el muro (que se ha convertido en una valla publicitaria), mientras que los segundos luchan por preservarla.

Además de la desaparición de la intimidad y de ser consciente de su enorme valor, el selfie pone de relieve la superficialidad de la sociedad actual. Se busca el impacto momentáneo, que se desvanece cuando aparece algo más nuevo y, con mucha frecuencia, tampoco se profundiza en qué hay más allá de un pose o de una cara bonita.

El papel de padres y profesores
Esta continua exposición en el social media fragiliza al ser humano, especialmente a los adolescentes, que viven sujetos a los comentarios y a la aprobación ajena.

En este contexto, padres y profesores deben poner de relieve el valor intrínseco de las personas, independientemente de la cara que se muestra en las redes sociales o del feedback que se reciba de los amigos o de los compañeros de clase. Asimismo, también es importante recordar que la amistad no se prueba con un favorito o una frase halagadora en Facebook, sino con hechos reales que comprometen en la convivencia diaria.

En una cultura del “yo”, donde prima la extimidad (la exposición de la intimidad de uno mismo), es preciso potenciar las cualidades e intereses de los menores que van más allá de la superficie que se vislumbra en un perfil social.
De este modo, se cultiva a individuos con personalidad propia, con fondo, que no viven a la merced del qué dirán los otros a través de cualquier canal, sea de la vida real o de la virtual; y, por supuesto, sin la necesidad, casi esclava, de colgar rápidamente cada instante de su vida privada en la red.

Firma: Montserrat Bros


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