¿Por qué nos gustan tanto las pantallas? Algunas razones científicas

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Te proponemos que te imagines, que te traslades mentalmente, a la clase de unos niños de cinco o seis años. O que recuerdes, si puedes, tu clase a esa edad. De pronto, alguien abre la puerta y, en el mismo momento en el que entra, da una palmada y grita: “¡Eh, eh!”. Probablemente, todos los niños girarán su cabeza hacia la puerta, mirarán a la cara al personaje, se hará un silencio repentino y el intruso habrá conseguido captar la atención de todos los cerebritos que hay en la habitación. Ahora, el protagonista da un paso atrás, sale, cierra la puerta y, de pronto, la vuelve a abrir y vuelve a gritar: “¡Eh, eh!”. El efecto volverá a ser el mismo, todos mirándole y, casi seguro, que además habrá provocado algunas sonrisas. Luego lo repite una y otra vez. Como en el cuento del pastorcillo que gritaba “que viene el lobo”, llegará un momento que, si nuestro “artista” sigue abriendo y cerrando la puerta, los niños se habrán cansado y ya no le prestarán las más mínima atención.

Si pudiéramos encender una lucecita roja en la parte interior del cerebro que se iluminó cuando el personaje abrió la puerta por primera vez, se vería activada una red concreta de la parte frontal izquierda cerebro, conocida como la corteza prefrontal dorsolateral. Debemos saber que esa zona es, exactamente, la misma que se activa en cuanto te enfrentas a una pantalla. Es decir, es el área que se pone en marcha cuando nuestra atención se centra en algo: es la zona que controla nuestra capacidad de tomar decisiones y de integrar o no una información compleja. También controla nuestro proceso mental de integrar las sensaciones y los pensamientos, así como la memoria de trabajo que es nuestra capacidad de retener información en la mente durante un breve periodo de tiempo (solo lo bastante extenso como para gestionar una búsqueda en Internet o para marcar un número de teléfono después de haberlo leído en la guía) (1).

Fíjate tú por dónde nos sale la neurociencia: sucede que las pantallas lo primero que hacen es “ponernos en alerta”. Caramba… Vamos a pensar un segundo en ello: al mirar el móvil o la tablet, lo primero que hace el cerebro es “centrar la atención”. Pues eso está muy bien. Conviene que los profesores lo sepamos cuanto antes. Eso quiere decir que nuestra mente es muy sensible al enfrentarse a una pantalla: se activa, pone atención y se concentra. Pero entonces, ¿qué ocurre en el cerebro de un joven cuando pasa cinco o seis horas diarias ante el ordenador, la tablet o el móvil?

Los estudios realizados mediante imágenes neuronales señalan que, cuando esa zona del cerebro se enciende, el hecho de estar atentos a lo que pueda pasar, el hecho de ponernos alerta es una realidad que nutre nuestro ego y el aprecio por nosotros mismos, una realidad que se torna irresistible (2). Nos sentimos permanentemente ocupados.

También sentimos que tenemos menos tiempo para reflexionar o para tomar decisiones con calma. Parece que la tecnología nos permite asumir más trabajo y también parece que el trabajo, en realidad, es más abundante. Esta situación de alerta permanente se ha llamado también el estado de atención parcial continuada y, en algunos casos patológicos, se puede convertir en una necesidad adictiva. Cuando alargamos ese proceso mental es muy posible que pongamos nuestro cerebro en un estado de estrés permanente: estamos atentos a la aparición de un mensaje, con el sentido auditivo despierto por si suena una indicación del móvil, con los sentidos en alerta por si aparece la palabra que estamos buscando o por si conseguimos matar al marcianito que toca, para que nos den un premio. Esa situación de estrés indica instintivamente a la glándula adrenal que segregue cortisol y adrenalina. A corto plazo, estas hormonas del estrés aumentan los niveles de energía y agudizan la memoria (3).

Además, los estudios realizados señalan que esa mayor valoración de uno mismo protege y aumenta el tamaño del hipocampo. En este sentido, la doctora Sonia Lupien, de la Universidad McGill (3), afirma que cuanto más alto grado de autoestima tiene una persona, más convencida está de que controla su vida y mayor es su hipocampo. Esto nos hace estar más contentos y satisfechos; las pantallas nos gustan porque nos sentimos ocupados e importantes. Es decir, acrecientan nuestro ego y nuestra autoestima. Nada más y nada menos.

Pero llega un punto en el que la sensación de control y de aprecio personal que experimentamos cuando mantenemos una atención parcial continua tiende a esfumarse: nuestro cerebro no se construyó para mantener tal estado de seguimiento durante periodos extensos. El exceso de cortisol y adrenalina acaba por trastornar la cognición, provocar el agotamiento tecnocerebral y hasta provocar una depresión (4).

Es importante destacar que las pruebas científicas y médicas indican que, en algunos casos, todavía no se sabe cómo paliar las consecuencias de una exposición tecnológica prolongada. Las tecnoadicciones son una realidad que reconfiguran la estructura cerebral.
Aunque sea posible dirigir las alteraciones cerebrales y las pantallas mejoren nuestra capacidad de atención, puedan aumentar nuestra visión periférica y desarrollar nuestra habilidad de tamizar gran cantidad de información, conviene ser prudentes en los hábitos que adquirimos y enseñamos a los niños.

REFERENCIAS:

(1) Small, Gary. El cerebro Digital. Ed. Urano, 2008. Capítulo 1, Pág. 32.
(2) Small, Gary. El cerebro Digital. Capítulo 1, Pág. 34.
(3) Lupin, Sonia y Pressner, JC. “Locus of control hippocampal”. Neuroimage, 2005. Cap. 28. Pág. 815.
(4) Small, Gary. El cerebro Digital. Capítulo 1, Pág. 36.

Firma: Domingo Malhiera


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