Por trece razones
Título original
13 Reasons Why
Género
Subgénero
Cadena TV
- Emisión
Temporada
1
Lenguaje
Valoración
Público
()
Duración
55'
Fecha de producción
2017
País

Por trece razones

2 / 6
Humor 0/5
Acción 2/5
Violencia 3/5
Sexo 2/5

Llega a Netflix Por trece razones, producida por Selena Gómez (que pasó el mismo año de la insípida pero inocente Los magos de Waverly Place a la sórdida Spring Breakers), basada en la primera novela de Jay Asher y llevada a la pequeña pantalla por el también primerizo en estas cuestiones Brian Yorkey. Y llega con el aparato de la propaganda bien engrasado para rellenar el hueco que tienen los adolescentes en la oferta audiovisual.

En resumen, para quien no quiera seguir leyendo, este título juvenil refleja un mundo que dista mucho del real (entre otras cosas por la diferencia cultural que existe entre los EE.UU. y nosotros) a pesar de que algunos jóvenes puedan sentirse identificados con la idea general del sufrimiento adolescente. También, propone un espacio impregnado de temas viscosos y difíciles de digerir a edades tempranas y, sobre todo, confunde por su tono dramático, al relatar con insultante simpleza una historia llena de temas relevantes.

Por 13 razones es la historia de un fracaso. Pero no la de un fracaso común, sino la de uno de los más contundentes descalabros de la sociedad actual: el suicidio adolescente por bullying. Este es el primer motivo –o como titularía la serie– la primera razón por la que no se trata de una de las mejores ofertas juveniles (aunque sean ellos los protagonistas y la audiencia objetiva de este título). Quizá, así dicho, parece que debamos esconder a los menores que estas cosas suceden. Sin embargo, no se trata de eso. Se trata de que, y ahí va el segundo motivo, Por 13 razones no ofrece esperanza, no da soluciones, no propone más meta que la de ser más comprensivos con los demás, tratar mejor al prójimo (¡vaya novedad!) y, aunque eso se podría mostrar de muchas maneras, la serie recurre a una de las menos afortunadas: sexo, droga y alcohol en un mundo sin trascendencia, en un ambiente hostil y con un final predestinado.

También, se podría alegar (como han hecho sus creadores) que la ficción pretende confeccionar un entorno de reflexión para jóvenes y adultos pero, como ya hemos dicho, este entorno se puede vestir de oscuridad o de luz y la serie (tercer motivo) se desvanece en un poco alentador universo de mentiras, engaños, violencias, violaciones, injusticias y venganzas. Ni los adultos dan la talla, ni los jóvenes actúan con honestidad, además de enseñar más de lo necesario y poner en riesgo a los espectadores más vulnerables.

El cuarto motivo, el más superficial, es la inconsistencia de una historia basada en un absurdo: ¿por qué llegan las cintas hasta Clay, si nadie tiene interés en que se descubran sus actos? Es ilógico pensar que la cadena siga su curso cuando sus protagonistas están empeñados en esconder la verdad. (Que exista otro juego de cintas que verá la luz si se rompe la cadena no sirve porque ¿cómo va a saber la persona que las tiene que se ha roto la cadena si el tema debe quedar en secreto? y, si no ha de quedar en secreto y el último implicado –o cualquiera de ellos– decide tomar cartas en el asunto ¿de qué sirve seguir la cadena? Total, como hemos dicho, un absurdo).

Por otro lado, uno de los principios de verosimilitud en cualquier narración es no cargar las tintas con un solo personaje. Por ejemplo, a una persona le puede tocar la lotería, no obstante, si la gana una segunda vez la historia pierde fuerza y credibilidad. Eso pasa con Hannah, en quien recaen demasiadas decepciones, disparatadas venganzas, oscuras traiciones y mil oportunidades perdidas. A este quinto motivo, se suma la poco realista caracterización del personaje que actúa según conveniencias del guión y no según lo que se espera de ella. Conviven en Hannah el carácter entusiasta, la responsabilidad, la capacidad de perdonar, el dramatismo teatral y las ganas de vivir con una negrura interna que solo se demuestra en ciertas ocasiones. Es como si, en el momento justo, ella se apartara a un lado para que actuase otra persona. Su suicidio no es convincente.

Para acabar, y por poner punto y final a un análisis que daría mucho más de sí, dudamos de la voz narrativa (que fluctúa sin patrón entre la primera persona y el narrador omnisciente), de las intenciones de Brian Yorkey y su equipo (¿pretenden sensibilizar o aprovechar el tirón de una tragedia actual?) y de la conveniencia de tratar como lo hace la serie asuntos tan relevantes como la familia, el instituto, la responsabilidad, la violación, la identidad sexual, las relaciones juveniles, la sinceridad, la autoridad de los padres y educadores, el alcohol, la droga, las armas y otros “topicazos” de los que se nutre Por trece razones.

Firma: Mar Pons


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